Saturday, October 14, 2006

Sobre paranoias, desinformación… y avionetas.

“Un accidente de avioneta mata a un pitcher de los Yankees en Manhattan.” Este titular del New York Times del pasado jueves sería, en un mundo ideal y lleno de flores silvestres, una simple nota al pie de página de la actualidad neoyorquina. Cory Lidle, un prescindible segundón del mejor equipo de béisbol del mundo, moría (junto a su malogrado instructor) al estrellarse su avioneta en los Belaire Apartments de la Calle 72. Los pilotos expertos (no era el caso) describen esa zona como un lugar bastante peliagudo, lleno de helicópteros de vigilancia y de avionetas que pasean a los turistas por el skyline de Manhattan; le llaman el carril sin control. Cuando me pierdo por ahí y miro a esos pájaros mecánicos, no puedo evitar sentir cierto pavor al notar (quizás por uno de esos malditos efectos ópticos que los físicos saben explicar) su peligrosa cercanía a los edificios de la ciudad. No puedo evitar, en definitiva, sentir cierto miedo…

“Lo único que le interesa es volar e irse al Casino. No tiene ninguna ética laboral.”; así describió un compañero de equipo –Arthur Rhodes- al amigo Lidle, cuando éste último rompió el código de honor de los jugadores y trabajó durante una huelga general en todo el país. Sea como sea (y obviando el hecho de que en Estados Unidos uno pilota una avioneta con la misma facilidad con la que compra un rifle) las diabluras del pitcher aviador nos han regalado un buen susto a los ciudadanos de este mundo no-ideal; un accidente que ha llevado una nota al pie de página a todos los noticiarios del mundo. El recuerdo del ataque al World Trade Center hace que cualquier partícula de humo neoyorquino superior al que sale de las maltrechas cañerías de la ciudad se convierta en una alerta roja que ponga en jaque la seguridad del planeta.

Desde Nueva York, una ciudad mucho menos histérica que lo que nos la pintan los tópicos, las cosas se ven de manera bastante diferente. Siempre recordaré un día en el que mi madre –a las ocho de la mañana, cuando servidor se duerme tras las conexiones matinales de rigor- me llamó asustada advirtiéndome (y sin darme a penas los buenos días) de que “Francino ha dicho que el metro de Nueva York estaba en alerta terrorista”. Una alerta de la que, dicho sea de paso, sin esa advertencia maternal (¡qué fidelidad radiofónica la de las madres, y que credibilidad en lo que dice Carles, afirmo!) y mi habitual interés profesional en la actualidad, me habría pasado totalmente desapercibida.

Les explico esta anécdota familiar porque creo que es útil reflexionar, aunque parezca tópico, sobre la psicosis que invadió a los medios tras el accidente de avioneta de Nueva York. Una psicosis que, en primer lugar, tiene orígenes mediáticos muy claros. Yo estoy harto de leer en la prensa española y europea –a raíz de las alertas en el metro de mi ciudad- como algunos periodistas hablan de las obsesivas medidas de seguridad que se promueven cuando hay un aviso de ese tipo. Miren; hace dos años que vivo en Nueva York y nunca, repito, nunca me han revisado mi bolsa o me han interrogado policías antes de entrar en el metro. Es cierto que cuando hay un aviso de bomba o la posibilidad de un ataque (curioso es que sea casi siempre antes de unas elecciones) hay patrullas de vigilancia en alguna estación de la ciudad; pero la mayoría de las veces los policías andan hablando con los vecinos o matando el tiempo con el jefe de estación.

No pretendo aquí quitarle importancia a un hecho serio como es la posibilidad real de un ataque terrorista. Simplemente, explico las cosas como las veo a diario. Por otro lado, siguiendo con la famosa avioneta, la prensa –tras el accidente- nos regaló con explicaciones del nerviosismo histérico que se vivió momentáneamente en la ciudad. Nuevamente, y sin tapujos; hay muchos ciudadanos de Nueva York que se enteraron del accidente con mucha posterioridad a habitantes de Pyongyang o Martorell (por poner dos localidades del mundo al azar) y que reaccionaron con absoluta calma ante esa noticia. Se crea, de esta manera, una alarma ficticia en el exterior que es mucho mayor que la que tiene la gente que vive los acontecimientos in situ.

¿Por qué estamos empeñados en seguir con esa tendencia apocalíptica en los medios? Se lo preguntaba recientemente Nicholas Lemann en el New Yorker de esta semana en un artículo bastante oportuno titulado El estilo paranoico; las teorías conspirativas devienen noticia. El escrito confirma una tendencia peligrosa en el periodismo norteamericano; “Existe un complejo ecosistema de reflexión sobre las fuerzas ocultas que mueven los asuntos mundiales. Gran parte de este fenómeno se origina en el exterior del periodismo convencional pero lo acaba contaminando a través de refutaciones o objeciones que no hacen sino que aflorar sus teorías ocultas.”

Lemann cita ejemplos muy claros de este nuevo comportamiento. Para muestra, la serie El camino hacia el 11-S, de la cadena ABC, un documental dramatizado que pretende mostrar como –en los años anteriores al ataque- la administración Clinton ignoraba el peligro real de Al Qaeda en lo que toca a la seguridad del país. Una ficción tendenciosa, cierto es, que ha provocado las iras del expresidente (recuerden su entrevista reciente con la Fox) y de muchos de los miembros de su administración. Conspiraciones ocultas que, nuevamente, salen a la palestra como reales.

El punto álgido de este movimiento se lo lleva Loose Change, un documental casero creado por Dylan Avery que se puede consultar por Internet y que ya han visto más de diez millones de personas. La tesis básica del film es clara; los ataques del 11-S fueron una escenificación muy bien resuelta. Los vuelos que chocaron en el Wolrd Trade Center, según su autor, no tenían pasajeros y no fueron la causa única del colapso de los edificios. El United 93 no se estrelló en Pennsylvania; fue dirigido a una base de la Nasa en donde se escondió. No hubo terroristas islámicos; todo fue, en definitiva, una conspiración orquestada para crear una excusa para la invasión en Irak.

Estos dos ejemplos pueden parecer una broma, pero no lo son tanto si pensamos que en los Estados Unidos un treinta por ciento de la población afirma creer que el gobierno tuvo algo que ver o encubrió el 11-S, un porcentaje que (estoy seguro) debe ser más alto en Europa. Por otro lado, esta tendencia ampliamente aceptada por la población certifica que cada vez creemos menos en lo que nos cuentan los políticos o los medios y más las explicaciones propias del boca/oreja. La cosa es deprimente; o nos abrazamos al alarmismo por desconocimiento o desinformación o nos lanzamos a la conspiración porque tememos el secretismo de los que nos deberían informar. Dos tendencias que, en cualquier lugar, nos alejan de los hechos para centrarnos en la paranoia y en la sospecha. ¿Existe una opción alternativa a estos dos extremos?


Friday, October 06, 2006

Sobre Rumsfeld, las comas... y el abuso sexual.

Irak ha tintado el discurso político norteamericano de un exasperante tono monocolor. Esta semana se ha confirmado el camino que nos llevará a las legislativas de noviembre; un sendero asfaltado únicamente con los problemas relativos a la seguridad nacional y la exportación de la democracia (liberal, claro está) a través del mundo mundial y, más en concreto, en un país como Irak, sumido –como ya dicen creer la mayoría de los ciudadanos de los Estados Unidos- en el umbral de una guerra civil, que no insurrección ni conflicto. Las palabras son importantes en política…

Lo dijo claramente Kofi Annan hace unos días; “Si los niveles de alienación y violencia persisten por mucho tiempo en Irak, existe un peligro enorme de ruptura de su estado, posiblemente en el contexto de una guerra civil en toda regla.” Cuando Wolf Blitzer, presentador de la Late Edition de CNN, disparó estas reflexiones onunianas al presidente Bush en una entrevista reciente, nuestro mandatario hizo uso de una metáfora en un terreno en el que no es demasiado experto; la gramática. “En Irak votaron 12 millones de personas el pasado diciembre. Parece que haya pasado una década… pero a mí me gusta decirle a la gente que, cuando la historia de Irak se escriba, esto será visto solamente como una coma.”

La metáfora parece desafortunada y nos es la primera vez que Bush la utiliza. Pero podríamos tomarla como verdadera para ver si flota un poquito. Cierto es que, muchas veces, asuntos que han llenado millones de páginas de actualidad, centrando el interés incansable de los periodistas más agudos o el sentir cotidiano de la gente, han acabado como meras notas a pie de página (o comas) en el mar de la historia libresca. Pero creo que, en este caso, la metáfora gramática no salva al presidente Bush, porque la historia ha juzgado a la práctica totalidad de los presidentes norteamericanos por la gestión de conflictos en el exterior. De momento, el recurso no cuela.

Cuando Bush niega las suposiciones de Annan, lo hace porque se fía –literalmente- de la “gente que pisa ese suelo.”, como le gusta afirmar a menudo. No miente; Bush siempre ha trabajado con una serie de leales obispos a través de los cuales estructura su mundo. En el terreno internacional, un espacio político que Bush nunca ha dominado en exceso (recuérdese su repelencia a viajar) esta fidelidad del ojo ajeno deviene mayor. Bush ha liderado al ejército en Irak; eso es indiscutible. Pero sus ojos en este país tienen nombre y apellidos; Donald Rumsfeld.

El papel de Rumsfeld en el desarrollo de la guerra de Irak ha salido de nuevo a la palestra por obra y gracia del libro State of Denial (On Bush and War III) del controvertido y admirado periodista Bob Woodward. La obra, publicada a partir de entrevistas con el propio presidente y miembros de su administración, ha removido los estómagos de la política norteamericana; su descripción de la gestión del conflicto de Irak, por decirlo de manera suave, no acaba de ser optimista. Y la cosa tiene miga, porque Woodword no era hasta ahora un periodista excesivamente crítico con la administración. Él mismo escribió en 2002 otro libro –Bush at War- que describía al presidente como un hombre resolutivo, firme y en el que debíamos confiar en términos de seguridad.

Pero esa firmeza, dice el periodista, se ha transformado en tozudez; en la terquedad de un presidente que le dijo “no retiraré las tropas de Irak incluso si Laura y Barnie (su perro) son los únicos que me apoyan”. Pero la peor parte del pastel, decía antes, se la lleva el Secretario de Defensa Rumsfeld, dibujado aquí como un irresponsable incapaz de liderar una campaña armada eficaz. Según nos cuenta Woodward, en un culebrón digno del atardecer siestil, después de las elecciones de 2004, Andrew H. Card Jr. (el Jefe de Gabinete de la Casa Blanca), intentó echar a Rumsfeld con el apoyo explícito de Laura Bush (y, suponemos, también del perrito Barnie), que creía que Rumsfeld estaba echando por la borda la reputación de su marido. Pero el todopoderoso Cheney, amigo del alma de Rumsfeld desde los tiempos del Watergate (y etcétera) impuso la continuidad del Secretario. El argumento, el de siempre; un cambio en la política de defensa favorecería los intereses del terror del mundo mundial.

Por otro lado, tenemos también figuras como George J. Tenet, antiguo director de la CIA, que siempre creyó que la guerra de Irak había sido un error pero que nunca tuvo los bemoles de coger el teléfono y decírselo a su presidente. Interesante retrato, es cierto; una administración con una relativa capacidad de análisis de las cosas, pero incapaz de comunicar ese análisis a su jefe. Un panorama que, claro está, esculpe a un presidente determinado a seguir una política ante el desconocimiento más profundo de la realidad exterior de la que debe dar cuenta. No sería, como pasa siempre, un problema de convicciones el de Bush (convicciones le sobran) sino de análisis. Como dicen los filósofos, los problemas siempre acostumbran a venir de errores analíticos que pueden convertirse en bolas de nieve…

La verdad es que al presidente no le sonríen los amaneceres. Irak a parte, el escándalo de la semana ha caído sobre un político republicano, Mark Foley, congresista que dedicó parte de su carrera a la lucha contra la explotación sexual infantil. Pues bien; al angelito Foley le han pescado enviando mensajes con un contenido sexual subidito de tono a los botones del congreso, algunos de los cuales son menores de edad. El asunto ha salpicado también a Denis Hastert, el portavoz de la cámara (también republicano) quien conocía estas misivas con anterioridad. Unas declaraciones de amor que parecían ser conocidas por muchos, aunque ignoradas, así como también era consabida la condición homosexual del señor Foley, que no solamente era homosexual –cosa estupenda- sino que era un homosexual que había votado en contra del matrimonio homosexual. Nuevamente, los cortocircuitos mentales llevan a bolas de nieve que se te acaban tragando, y a correr…

Thursday, September 28, 2006

IRAK, SEGURIDAD... Y CLINTON

La realidad norteamericana de esta semana se ha visto impregnada de un radical cortocircuito entre la política nacional y la exterior. En lo que toca al primer aspecto, y con las elecciones legislativas a la vista, los demócratas le siguen ganando terreno al rival. El voto demócrata aumenta en tres espacios claves; republicanos moderados, jóvenes universitarios y mujeres. Igualmente, los ciudadanos norteamericanos cada vez están más descontentos con su presidente y con los miembros del congreso.

En la última encuesta del Pew Research Center, del mes de septiembre, los demócratas aventajan al partido rojo en once puntos. Por otro lado, el descontento de los ciudadanos es múltiple; un 55% por ciento basarían su voto para conseguir un giro del dominio republicano del congreso, mientras un 27% lo harán en contra de la gestión del presidente. Paralelamente, en un dato que marca el descontento general de los ciudadanos, un 44% de éstos pretende que los antiguos congresistas no revaliden sus puestos. Toda una declaración de cambio y agotamiento.

Mientras la tasa de aprobación del presidente se mantiene en un flojísimo 37% desde agosto, los norteamericanos son cada vez más conscientes de las problemáticas que implica la guerra de Irak, que los encuestados definen –en un 37%- como el principal problema que afronta la sociedad norteamericana. Pero, ante este dato aparentemente devastador para los intereses republicanos, se da otro que puede parecer chocante. Preguntados por cómo afrontan diferentes aspectos de la vida política los dos partidos (moralidad, crimen, aborto, etc.), solamente existe un espacio en el que los republicanos ganen. ¿Lo adivinan? La lucha contra el terrorismo (y por nueve puntos). Por otro lado, los futuros electores opinan, sin dudarlo, que el partido republicano tiene líderes más sólidos que los demócratas (algo que incluso opinan los votantes que se declaran independientes).

Este es un dato que no puede pasar desapercibido de nuevo por la izquierda americana, que debería ir tomando nota (y todavía es hora de que lo haga) de los errores cometidos en 2004. Mientras la ciudadanía norteamericana sigue manteniendo numerosas dudas sobre cómo lleva G. W. Bush su particular guerra contra el terror (el 39% dicen que el país está perdiendo esa guerra) el partido demócrata no aprovecha la ocasión para presentar una alternativa constructiva.

Nos guste o no, a los norteamericanos les obsesiona su seguridad (bueno, a los norteamericanos y –últimamente- a los propietarios de casitas de segunda residencia en nuestra impoluta España) y si los demócratas no llegan a tener un plan comprensivo y global en este asunto volverán a perder en 2008. Joe Lieberman acaba de fracasar en las primarias demócratas en Conneticut con un voto de castigo referido a política exterior muy evidente, porque la gente está cansada de un partido que pierde constantemente sus oportunidades y que no tiene una visión conjunta sobre Irak. ¿Veremos otra vez a un candidato demócrata condecorado en Vietnam criticado por gente que no ha pisado un campo de batalla en su vida, sin reacción alguna, en 2008? Esperando estaremos…

Seguimos con Irak, un conflicto del que los americanos tienen a estas horas una perspectiva diferente del pasado, siendo ya mayormente concebido como una “guerra civil” y no como un acto de “insurgencia”. Ante la preocupación de los norteamericanos por Irak, otros aspectos de la actualidad (como la inmigración) pasan bastante desapercibidos. Lo curioso es que la preocupación por Irak ha llegado a ser dominante en la arena de la opinión porque los electores demócratas se han sumado a este miedo y –como decía antes- a esta preocupación también se le han sumado sus consiguientes demandas de seguridad.

Por otro lado, el aumento de valoración demócrata tiene su raíz, parcialmente, en una división interna de la base republicana. Paralelamente, en las bases rojas existe un voto menos fiel (menos “de partido”, que diríamos en lenguaje europeo) que en sus rivales. En los sectores más moderados de los dos partidos, uno puede notar –nuevamente- que el voto final de los indecisos va a venir marcado por el tema de la seguridad. Igualmente, los norteamericanos son bastante conscientes de que una mayoría republicana en el congreso puede aumentar enormemente las probabilidades que las tropas nacionales deban intervenir en países no aliados.

En un sorprendente y revelador dato final, la encuesta del Pew marca como la mayoría de los americanos (un 75%) dedica un tiempo importante de sus conversaciones casuales no a la guerra, ni al matrimonio homosexual ni al aborto, sino al precio de la gasolina, un asunto que –claro está- marca alguna que otra relación con la búsqueda de crudo por el mundo… Sea como fuere, no deja de ser importante ver como –en las conversaciones de los votantes liberales- lo que más acaba citándose (en segundo lugar, después del precio de la gasolina) sea el conflicto de Irak. Por todo lo que he dicho antes, creo que estas conversaciones se centran cada vez más no solamente en la gestión de Bush en el asunto, sino en la respuesta demócrata al conflicto. O, mejor dicho, en su silencio.

Un conflicto que, por cierto, cada vez genera más indecisión. Los norteamericanos no saben si retirar sus tropas o no, no saben si es mejor dar unas fechas o tener una hoja de ruta para hacerlo. En donde encontramos una oposición insalvable es en la relación entre la guerra de Irak y la seguridad del país; los demócratas la ven peor y los republicanos (escudados en el argumento bushiano de que el país no ha sido atacado en cinco años) creen que el control sobre Irak ha favorecido sus intereses en lo que toca a seguridad nacional.

En uno de los asuntos más polémicos de los últimos tiempos (los procedimientos de escucha sin aprobación judicial) un 53% de los americanos piensa que el gobierno debería practicar escuchas sin consentimiento de ningún tribunal. Por otro lado, casi la mitad de los americanos es consciente de que se deben sacrificar algunas libertades civiles si se quiere mejorar la seguridad del país. Igualmente, cada vez son más los norteamericanos que creen en el poder de organismos internacionales para solventar crisis como la de Irán, otro asunto caliente para el presidente Bush; sea como sea, ir solos por la vida, como sabemos suficientemente, no les ha beneficiado en nada.

Antes he hablado de la pasividad demócrata en un plan de seguridad para el país y he reclamado una mayor fuerza de partido ante las acusaciones republicanas. Insisto que ello no es algo que pida yo (un inmigrante más del país) sino que lo pide el electorado demócrata. He mencionado este hecho por una curiosidad mediática que pasó el pasado domingo y que no puedo sino citar. El expresidente del país, Bill Clinton, concedió su primera entrevista cara a cara con la cadena Fox en su noticiario nocturno. La Fox, conocida por sus posturas conservadoras, fue uno de los azotes más duros de Clinton en la época de su gestión presidencial, e indagó especialmente en sus relaciones extramatrimoniales…

La entrevista a un ex-político siempre acostumbra a ser amable. Ya se sabe, cuando los políticos pierden el poder se convierten en ciudadanos tan poco singulares como usted y yo o, en el mejor de los casos, en mandarines de la solidaridad llenos de buenos deseos y con una agenda cargada de contactos importantes. Sin embargo, la entrevista de la Fox no fue tan amable como se preveía. Tras un par de preguntas protocolarias sobre los actos de su Fundación en la lucha global por un medio ambiente mejor, el presentador del programa –Chris Wallace- puso en duda, citando algunas conclusiones de la comisión del 11/s, la capacidad del exmandatario para reconocer el peligro que representaba Osama Bin Laden para el pueblo norteamericano. Casi nada…

Lo que sigue a esa pregunta ciertamente provocadora fue una actuación dialéctica que, más allá de sus verdades, debería ser vista en video por todos los candidatos del partido (Mrs. Clinton incluida). No hablo de lo explicado, que también, sino de la actitud de Clinton al contestar (pueden ver la entrevista completa con una trascripción en http://www.foxnews.com/fns/index.html).

Baste con una cita general para ver lo que es un político con ideas claras;

“Me parece muy interesante que todos los Republicanos conservadores, que dicen que no hice lo suficiente (para capturar a Bin Laden) me dijeran hace tiempo que estaba demasiado obsesionado con Bin Laden. Todos los neocons del presidente Bush pensaban que yo estaba demasiado obsesionado con Bin Laden. Ellos no tuvieron una reunión sobre Bin Laden en nueve meses. Toda la derecha que dice que no hice nada en esto decían que hacía demasiado; es la misma gente. Ellos querían que me fuese de Somalia en 1993 un día después que impulsásemos el “Black Hawk Down”; yo me negué y estuvimos seis meses ahí para transferir competencias a las Naciones Unidas (…) No hay una sola alma en el mundo que pensase que Osama Bin Laden tenía algo que ver con el “Black Hawk Down” o que prestase atención a este asunto o que pensase que Al Qaeda era un motivo de preocupación en Octubre del 93. Ni una sola alma!”

“Yo trabajé duro para matarle (a Bin Laden) Autoricé una búsqueda a la CIA para que lo matase. Contactamos a gente para matarlo. Yo estuve más cerca de matarlo que nadie hasta el momento. Y si yo fuese presidente tendríamos 20.000 tropas más ahí para matarle. Yo nunca he criticado al presidente Bush, y no creo que sea bueno. Pero usted sabe bien que tenemos un gobierno que cree que Afganistán tiene siete veces menor importancia que Irak. ¿Y usted me pregunta sobre el terror y Al Qaeda de esa manera tan despectiva? Cuando todo lo que usted tendría que hacer es leerse el libro de Richard Clarke (asesor en seguridad de los presidentes Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo) para ver como intentamos defender sistemática y comprensivamente al país del terror. Y usted lo hace con esa sonrisita en la boca y se cree muy listo. Pero yo tenía la responsabilidad de proteger a este país. Lo intenté y fallé a encontrar a Bin Laden. Lo lamento. Pero yo lo intenté e hice todo lo que responsablemente pude. Todo el ejército estaba en contra de enviar tropas especiales a Afganistán porque la CIA y el FBI no podían certificar que Al Qaeda fuera un peligro cuando yo era presidente. Dejé la presidencia y todavía me preguntan por esto incesantemente. Ellos tuvieron tres veces más tiempo que yo para hacer frente a ese asunto. Pero nadie les pregunta sobre eso. Lo considero bastante extraño.”

Ya lo ven. Supongo que la cosa no necesita comentarios. Si yo fuese demócrata sentiría ese sentimiento tan molesto, pero inevitable, llamado nostalgia…

Tuesday, September 26, 2006

LA INMIGRACION EN LOS EUA

El tópico siempre ha afirmado que los Estados Unidos es un país hecho por y para los inmigrantes (habrán oído más de una vez eso de “aquí, en los Estados Unidos, nadie ha nacido en los Estados Unidos”). Las grandes ciudades de Norteamérica, así Nueva York, se pavonean de ser el museo más logrado de la multiculturalidad postmoderna, una mezcla impoluta de razas que, sin embargo, –y si nos alejamos de la contemplación turística del país- no siempre es tan pacífica como la pinta el prejuicio. Las ciudades norteamericanas, es cierto, son multicolores; pero, igualmente, subsisten en ellas guetos raciales aislados y muestras manifiestas de pobreza; por otro lado –aunque pese- no todas las razas, hoy por hoy, tienen las mismas oportunidades a la hora de vivir cómodamente en el país.

Sea como fuere, es un dato objetivo que los norteamericanos están cada vez más preocupados por la inmigración y su impacto en la economía y la cultura del país. Actualmente, los EUA albergan unos doce millones de inmigrantes ilegales, la mayoría de los cuales son hispanos. Una nueva inmigración que –todo hay que decirlo- cada vez es más bien vista y mejor tolerada por sus habitantes. Aun así, hasta un 53% de la población cree que esos inmigrantes ilegales deberían ser expulsados del país, ante un importante 40% que afirma querer que éstos se queden, siempre que sea de una manera regular y legal. Por otro lado, un esperanzador tercio de las personas que creen en la expulsión aceptaría –paradójicamente- la existencia de programas regulados de trabajo temporal para inmigrantes.

Uno de los asuntos que siempre se tratan ante este problema, el de los inmigrantes hispanos, es la seguridad en la frontera de Méjico (un 60% de los inmigrantes ilegales entran por esa zona en el país). Curiosamente, la mitad de los norteamericanos piensa que la solución para evitar esa entrada masiva por esa frontera no pasaría por penalizar a todo aquél que tomase servicios de un inmigrante ilegal (cosa comprensible, porque es una práctica muy extendida). La solución que se aportaba hasta el momento como la mejor (a saber, construir más muros o vallas de contención en la frontera y poblarla al mismo tiempo de mayores medidas de seguridad) solamente recibe un insalvable 9% de aprobación.

Contrariamente a lo que pasa en muchos lugares de Europa, los norteamericanos tienen mejor opinión de los inmigrantes en las zonas que albergan un mayor número de ellos, unos lugares (ciudades, mayormente) que están más que habituadas a tener visitantes. Por otro lado, existe un dato muy curioso; los norteamericanos son bastante conscientes (en un 65%) de que los inmigrantes, más que quitarles su trabajo, realizan trabajos que a ellos no les gustaría hacer nunca. Por todo ello, el tópico que afirma que las concentraciones de inmigrantes pueden crear problemas en zonas urbanas se desmiente por la opinión de sus propios ciudadanos. Tomen nota algunos países y ciudades…

Pero lo más sintomático del comportamiento de los norteamericanos es que no acaban de tener claro si quieren o no mantener el actual nivel de entrada de inmigrantes en el país. Una de las soluciones que más gusta a los ciudadanos es la posible creación de una base de datos que integrase a todos los trabajadores elegibles para un oficio cualquiera, una base que sería de obligatoria consulta para todo aquél que quisiese contratar a un inmigrante legal. En esta lista se entraría con una de las habituales formas de identificación válidas en el país (el carné de conducir o un aval bancario).

En lo que toca a los inmigrantes ilegales, existe una curiosa estadística que parece producto de una esquizofrenia inexplicable; mientras más del setenta por ciento de los encuestados afirma que los inmigrantes ilegales no debería tener acceso a la sanidad pública y a los servicios federales, un porcentaje prácticamente igual afirma que permitiría que los hijos de los inmigrantes ilegales pudiesen asistir a la escuela pública.

Los problemas, en EUA y en el resto del mundo, vienen cuando la inmigración se da de una manera importante en localidades (ciudades pequeñas) que no están acostumbradas a recibir inmigrantes y que los conciben como un ataque a la cultura y los valores del país, así como una posible fuente de alimentación para los terroristas o para el crimen a menor escala.

Como decía antes, la última oleada de inmigración en Norteamérica la han protagonizado nuestros correligionarios hispanos, que –en poco tiempo- se han convertido en la principal fuerza bruta del país. ¿Cómo sienta la llegada de mejicanos, hondureños, boricuos y demás en el país de las oportunidades? De momento, la aceptación de estos “visitantes” es positiva. Según un sondeo del Pew Research Center, la mayoría de los norteamericanos negros ve a los hispanos como muy trabajadores y con fuertes valores familiares (en un 79% y 77%, respectivamente). Por otro lado, el 40% de los negros norteamericanos otorgaría de buen grado servicios sociales a los inmigrantes hispanos ilegales (ante un 20% de los ciudadanos blancos). Hasta un 79% de los primeros permitiría que los inmigrantes ilegales hispanos pudiesen llevar a sus hijos a la escuela pública.

Lo curioso del caso es que estas encuestas –y la tolerancia que desprenden- no viene reñida con que un 79% por ciento de la población negra admita que la inmigración hispana les dificulte las cosas a la hora de encontrar trabajo. Esta dificultad, que podría devenir “enemistad” (recuérdese el tópico exclusivista de que “los inmigrantes nos quitan el trabajo que es nuestro”), contrariamente, hace que hasta casi la mitad de los negros piensen que los hispanos ilegales deberían permanecer en el país y estabilizar su situación. Se debe tomar nota de este hecho para que no nos hagan caer en la demagogia de los que pretenden enfrentar razas con la excusa del trabajo escaso.

Si atendemos un instante a la opinión de la gestión pública en inmigración, los americanos no son –ni mucho menos optimistas; en este asunto, tanto el partido republicano como el presidente Bush suspenden su gestión. El partido demócrata llega a subir un poco en su consideración, pero su nota más alta no pasa del aprobado justito. Los dos partidos, no hay que decirlo, suspenden si se pregunta a los inmigrantes hispanos. Una situación curiosa, la verdad, siendo –para vergüenza demócrata- el presidente Bush y el partido Republicano quienes más han tomado la iniciativa en inmigración durante los últimos tiempos.

Una de las cosas que pueden parecer poco importantes en el estudio del Pew Research Center (y que lo es mucho) es la problemática de cómo afecta la inmigración en las diferentes clases sociales del país. No deja de ser paradigmático que la inmigración sea vista como un problema en mayor medida por los ciudadanos demócratas o republicanos más pobres. Este hecho muestra como, para los ricos, la inmigración es una problemática mucho menor, lo cual nos da muchas pistas para que dejemos de indagar en el tema racial, al hablar de inmigración, y atendamos más al tema de clase y de procedencia social. Los pobres, en definitiva, tienden a ver más peligro en el competidor laboral; y no es que estén locos ni tengan un miedo injustificado…

Pero una de las cosas más interesantes que pasan en los Estados Unidos es la lucha entre inmigrantes de la misma raza y clase. Es el caso de unos inmigrantes procedentes de la provincia mejicana de Tuxpan que han llegado en masa –en los últimos tiempos- a la zona de los Hamptons, unas urbanizaciones de gente bien cercanas a Nueva York. La llegada de inmigrantes de segunda generación ha molestado a los primeros visitantes de la zona, que se quejan de que éstos han rebajado el salario medio que ellos cobraban. A más inmigrantes, claro está, menos espacio y más escenas de sobrepoblación de casas y de inmigrantes por la calle esperando ser cazados por posibles contratadotes. Imágenes que, claro está, no gustan a los residentes de las urbanizaciones.

Por otro lado, el dinero que estos trabajadores consiguen no siempre llega a buen puerto. Muchos de estos hispanos están tiempo trabajando en los EUA y vuelven a sus casas e invierten el dinero en cosas bastante ajenas a su comunidad. Coches caros, mansiones imperiales, etc., están encareciendo unas zonas que muchas veces no tienen infraestructuras de primera necesidad y que ve que la llegada masiva de dólares americanos aumenta el coste de vida de manera alarmante.

Cabe decir que el gobierno americano (a través de la Internacional Agency for Development) ha ideado un programa de cinco años y diez millones de presupuesto para intentar ayudar a trabajadores mejicanos a crear pequeños y medianos negocios. Por otro lado, el gobierno mejicano (que hasta ahora no había movido un dedo para evitar el flujo migratorio en la frontera) ha promovido el programa “3 por 1”, ideado para que los inmigrantes, la administración estatal y la comarcal trabajen mano a mano para ayudar a que los ciudadanos mejicanos no emigren a los EUA. Pero como declaraba hace poco tiempo el alcalde de Tuxpan, Gilberto Coria, ese programa se había gastado 20.000 dólares en su ciudad… para izar una enorme bandera mejicana que ensalzase el patriotismo. Sin comentarios.

La respuesta del presidente Bush a este asunto ha sido inteligente y políticamente relevante. Para contentar al sector más conservador de su electorado (y a las correspondientes bases de su partido) Bush ha declarado que va a reforzar la frontera mejicana enviando ahí unos 10.000 soldados de la guardia nacional. Paralelamente, el presidente ha dado públicamente su apoyo a la propuesta de legalización parcial de trabajadores ideada por los senadores John McCain y Eduard Kennedy, en un esfuerzo bipartito de consenso que –en Europa- deberíamos imitar antes de ir tirándonos las culpas y evitando responsabilidades.

Esta iniciativa de legalizar a parte de los inmigrantes hispanos ilegales no es baladí; Bush llegó a ser presidente con un 40% del voto hispano. Una comunidad que, por ciento, representa el 13% de la población americana, pero de la cual solamente puede votar un 6%. Dado como están de apretadas las elecciones en Norteamérica últimamente, no es de extrañar que Bush quiera, legalizando a los hispanos, asegurarse un voto fiel de la misma manera que el partido republicano se ha asegurado el de los disidentes cubanos. Un tanto que muestra que nuestro presidente no es quizás un erudito, pero que –contra lo que piensan muchos- de tonto no tiene ni un pelito.

Sea como fuere, los hispanos –en EUA- se han dado cuenta de que son una fuerza de trabajo primordial, sin la que el país no podría funcionar. Y esa fuerza de trabajo, hoy en día, quiere también ser una fuerza política. El Plan Bush de inmigración prevé la expulsión de aquellos inmigrantes que hayan cometido algún delito, pero admitirá en programas temporales a un número enorme de éstos, permitiendo a los más antiguos poder-se quedar en el país, siempre que su contratación sea legal. Un plan con el que se puede o no estar de acuerdo, pero que –de momento- parece, para nuestra vergüenza, no tener lugar en la Europa progresista, cool y multicultural.

LA EDUCACION EN LOS EUA

LA OCDE acaba de publicar un exhaustivo informe sobre la educación en sus treinta países miembros. Parece ser que España –uno de los impulsores más antiguos de la organización, por cierto- no sale muy bien parada en la cuestión educativa si la comparamos con otras naciones como Alemania o Estados Unidos. El tema merece darle un pequeño vistazo al texto.

El primer dato importante del estudio es que, y puede parecer sorprendente, sacamos una nota excelente (la tercera) en formación universitaria, que aumenta a un ritmo notable. También la educación preescolar se sitúa en un nivel óptimo, en el primer lugar de la lista. Es, contrariamente y por contraste, la educación secundaria la que se lleva el peor palo del asunto. Paralelamente, mientras dedicamos los mismos recursos que otros países a la educación privada, los recursos en educación secundaria pública se sitúan un punto por debajo de los otros miembros de la OCDE. Un dato preocupante que podría explicar por qué –según afirmaba hace poco una encuesta online de La Vanguardia- la mayoría de ciudadanos (un 65.8 por ciento) todavía piensa que los centros privados imparten una enseñanza de mayor calidad.


En cualquier caso, el estudio de la OCDE refleja claramente un cambio generacional importantísimo en nuestro país. Contra lo que dicen los nostálgicos –y como recordaba el sociólogo Mariano F. Enguita en EL PAÍS- hoy nuestros alumnos escriben mejor y aprenden mucho más que hace veinticinco años, teniendo un acceso a la cultura tremendamente mayor que el de nuestros abuelos (a veces, queridos amigos, parece mentira que no nos acordemos de cómo estaba el país hace solamente unos lustros…)

Los fatalistas que, por otro lado, critican sistemáticamente nuestro sistema universitario tienen también, en este estudio, muchos datos que contradicen su persistente fanfarroneo. Seguimos acarreando algunos problemas de fondo (entre ellos el nivel de matemáticas de los alumnos, el trato salarial que reciben las mujeres licenciadas en nuestro país o la enorme falta de estudiantes internacionales en nuestras aulas) pero fijarse solamente en las carencias es un deporte nacional en el que no siempre estamos obligados a ser excelentes.

Si cruzamos el charco y nos vamos a los Estados Unidos (el país, claro está, con mayor PIB de la lista) tenemos también algunos datos importantes. En primer lugar –cosa que contradice claramente el exclusivismo con el que los europeos miramos a las universidades americanas- los EUA lideran el porcentaje de aceptación universitaria con un 39% de la población adulta; un porcentaje al que otros países (como Canadá, en un 35%) se están aproximando, aunque ningún país de la lista supera el 27%. Bien es cierto que el nivel de personas que finalmente se gradúan en los EUA es mucho menor que el de otros países (sólo se gradúan la mitad de los alumnos) pero este es un dato –como recuerdan los responsables del estudio- que no afecta al nivel de la calidad de la enseñanza ni al de inserción de alumnos en la universidad. También hay que decir que –en los últimos tiempos- EUA ha crecido menos que otros países en cantidad de alumnos universitarios, quizás –me atrevo a apuntar- porque el sistema norteamericano está mucho más consolidado que el de algunos países de la vieja Europa.

Igualmente, esta poca cantidad de personas graduadas implica –lógicamente- que tener una carrera sea algo mucho mejor considerado –de cara al salario- en los EUA que en Europa; los habitantes que tienen carrera en los EUA llegan a cobrar un 72% más de salario que los ciudadanos que solamente llegan a terminar la educación secundaria, adquiriendo también mucha más facilidad para encontrar trabajo. Por otro lado, el estudio de la OCDE afirma que los norteamericanos reciben –en su salario laboral y respecto al gasto de sus universidades- una compensación mucho mayor que sus iguales europeos.

Por tanto, contra lo que afirma el tópico fácil, la educación en Norteamérica es más cara que la europea pero también da mucho más dinero a los que pueden acceder a ella. En ese sentido, no deja de ser curioso que nuestro país sea uno de los que más ha crecido en aceptación de alumnos en la universidad, siendo éste un logro que no conlleva –paradójicamente- un incremento salarial adecuado al nivel de los estudios cursados. Hay más licenciados, pero más pobres, para decirlo en plata.

Como no es sorpresa (y seguirá siendo así durante mucho tiempo) EUA es el lugar preferido por los estudiantes internacionales (un 22% de éstos deciden venir a estudiar, por encima de todo, en las universidades americanas; lo cual, por cierto, matiza el antiamericanismo de pose que mucha gente profesa hacia el país; EUA son sus contradicciones políticas y sus miserias culturales, bien es cierto, pero sus universidades y sus premios Nóbel también deben tenerse en cuenta a la hora de evaluar el aprecio que tenemos por el país y su nivel cultural). No deja de ser por cierto curioso (y analizable en sus consecuencias a nivel geopolítico) que dos tercios de esos estudiantes internacionales provengan de Asia…

Evidentemente, la ventaja que los norteamericanos nos llevan en este aspecto tiene un origen lingüístico bien claro. El inglés, hoy por hoy, sigue siendo la lengua madre en lo que toca al comercio internacional y las relaciones políticas en el mundo. Que muchos programas en Europa hayan empezado a incluir cursos en inglés (más vale tarde que nunca) refuerza esa idea básica y nos acerca a la normalidad. Igualmente, cabe decir que el español sigue siendo una lengua enormemente poderosa que, por lo que parece, no hemos aprovechado suficientemente para tener más estudiantes latinoamericanos en nuestras aulas y para exportar así nuestra potente educación universitaria. El español no es el inglés, cierto; pero sigue siendo un idioma primordial que, paradójicamente, nos une poco a nuestros pares.

Los EUA siguen manteniendo un buen nivel en educación secundaria, pero han experimentado un decrecimiento en la inversión en este espacio educativo. Por otro lado, el nivel de personas que entran en secundaria pero que no acaban sus estudios es alarmantemente importante, siendo esta carencia algo que les determina notablemente de cara al mercado laboral. Como pasa en casi todos los países encuestados, el nivel de matemáticas es menor en las zonas en donde la renta per cápita es menor. Los pobres, como siempre, parecen tenerlo más difícil…

Contrariamente, uno de los hallazgos del sistema norteamericano es el excelente nivel de la formación no-académica (los antiguos oficios). Si uno no puede o quiere estudiar secundaria (un hecho que los norteamericanos aceptan con menos severidad que nosotros) puede aprender un oficio con un título oficial que le permita trabajar en el futuro. Paralelamente, el sistema norteamericano es de los que menos fomenta a desigualdad entre hombre y mujer. Contra lo que se piensa tópicamente, el nivel de gasto público en educación también es uno de los más altos de la lista de la OCDE. Lo que sí varía (y dobla la cantidad media en porcentaje) son los fondos privados en educación, que se sitúan en un 28%; la educación, bien es cierto, es un negocio en Norteamérica, pero afirmar sistemáticamente que el gobierno no invierte en educación es faltar a la verdad. Por otro lado, el nivel económico de la mayoría de los profesores (si bien trabajan más tiempo que en Europa) es francamente superior.

Pero del tópico que no parece librarse la educación en Norteamérica es del estigma de la competitividad. Esta semana, Newsweek dedica un reportaje a esa problemática, que llegado incluso a afectar a los estudiantes entorno a los seis años. Parece ser que el nivel de superación y competencia ha afectado a muchos niños de los EUA que presentan problemas de lectura y concentración derivados de ese estrés. Hace treinta anos, el primer grado tenía como objetivo que los alumnos aprendiesen a leer. Ahora la lectura ya empieza en el parvulario y los niños que no superan el examen de mitad de curso ya deben tener asistencia “especial”. Los ejercicios musicales, de dibujo, e incluso los juegos están siendo sustituidos por concursos de deletreo o redacciones. Los exámenes, en algún caso, llegan a ser semanales. Antes de poder atarse los zapatos, dice el reportaje del semanario, un niño ya puede ser bastante consciente de lo que es la noción de “fracasar”. Por otro lado, muchos padres –ya a los cinco anos- piensan en cómo sus hijos pueden entrar en una universidad de la Ivy League. El resultado es alarmante. En Buffalo (NY) un 42% ciento de los estudiantes ha tenido que repetir el primer grado.

Los primeros cursos de un estudiante, dicen los expertos, no son tanto para acumular erudición sino para despertar la curiosidad y receptividad del alumno. Si esta etapa se elimina o se dispara en rapidez, las secuelas pueden durar para siempre. Por otro lado, los niveles de exigencia pretenden ser los mismos –por poner un caso- para los alumnos que hablan el inglés como primera lengua y para los inmigrantes, muchos de los cuales no han hablado inglés en su vida, simplemente porque sus padres acaban de llegar al país. Muchos de estos inmigrantes también presionan a sus hijos para que sean “academic stars”, algo difícil si tenemos en cuenta que sus condiciones materiales no son iguales que las de muchos alumnos hijos de clase media con más oportunidades o con una vida más estable. Paralelamente, los padres más ricos continúan martilleando a sus hijos con numerosas clases extraescolares que les mantienen ocupados durante todo el día.

Todo este embrollo proviene de la concepción errónea de que los niños serán más listos cuando antes aprendan a leer. Pero, si bien estas capacidades pueden desarrollarse a una temprana edad, mantener esta tensión puede conllevar problemas posteriores de cansancio o falta de concentración. Pero este boom académico parece bastante imparable, puesto que algunas empresas como Baby Einstein o Educate están lanzando cedés para que los pequeños de tres años empiecen a leer y a practicar aritmética. Muchos dirán que este proceso no es más que la traducción de la vida misma; si los alumnos viven en este mundo, deben aprender a competir, y solamente deben sobrevivir los más fuertes. El problema es que el darwinismo social –aplicado a rajatabla- puede tener consecuencias cercanas al desastre. Estas y otras características del sistema americano, sin ser exportables, son algo que deberíamos, en cualquier caso, tener en cuenta.