Thursday, September 28, 2006

IRAK, SEGURIDAD... Y CLINTON

La realidad norteamericana de esta semana se ha visto impregnada de un radical cortocircuito entre la política nacional y la exterior. En lo que toca al primer aspecto, y con las elecciones legislativas a la vista, los demócratas le siguen ganando terreno al rival. El voto demócrata aumenta en tres espacios claves; republicanos moderados, jóvenes universitarios y mujeres. Igualmente, los ciudadanos norteamericanos cada vez están más descontentos con su presidente y con los miembros del congreso.

En la última encuesta del Pew Research Center, del mes de septiembre, los demócratas aventajan al partido rojo en once puntos. Por otro lado, el descontento de los ciudadanos es múltiple; un 55% por ciento basarían su voto para conseguir un giro del dominio republicano del congreso, mientras un 27% lo harán en contra de la gestión del presidente. Paralelamente, en un dato que marca el descontento general de los ciudadanos, un 44% de éstos pretende que los antiguos congresistas no revaliden sus puestos. Toda una declaración de cambio y agotamiento.

Mientras la tasa de aprobación del presidente se mantiene en un flojísimo 37% desde agosto, los norteamericanos son cada vez más conscientes de las problemáticas que implica la guerra de Irak, que los encuestados definen –en un 37%- como el principal problema que afronta la sociedad norteamericana. Pero, ante este dato aparentemente devastador para los intereses republicanos, se da otro que puede parecer chocante. Preguntados por cómo afrontan diferentes aspectos de la vida política los dos partidos (moralidad, crimen, aborto, etc.), solamente existe un espacio en el que los republicanos ganen. ¿Lo adivinan? La lucha contra el terrorismo (y por nueve puntos). Por otro lado, los futuros electores opinan, sin dudarlo, que el partido republicano tiene líderes más sólidos que los demócratas (algo que incluso opinan los votantes que se declaran independientes).

Este es un dato que no puede pasar desapercibido de nuevo por la izquierda americana, que debería ir tomando nota (y todavía es hora de que lo haga) de los errores cometidos en 2004. Mientras la ciudadanía norteamericana sigue manteniendo numerosas dudas sobre cómo lleva G. W. Bush su particular guerra contra el terror (el 39% dicen que el país está perdiendo esa guerra) el partido demócrata no aprovecha la ocasión para presentar una alternativa constructiva.

Nos guste o no, a los norteamericanos les obsesiona su seguridad (bueno, a los norteamericanos y –últimamente- a los propietarios de casitas de segunda residencia en nuestra impoluta España) y si los demócratas no llegan a tener un plan comprensivo y global en este asunto volverán a perder en 2008. Joe Lieberman acaba de fracasar en las primarias demócratas en Conneticut con un voto de castigo referido a política exterior muy evidente, porque la gente está cansada de un partido que pierde constantemente sus oportunidades y que no tiene una visión conjunta sobre Irak. ¿Veremos otra vez a un candidato demócrata condecorado en Vietnam criticado por gente que no ha pisado un campo de batalla en su vida, sin reacción alguna, en 2008? Esperando estaremos…

Seguimos con Irak, un conflicto del que los americanos tienen a estas horas una perspectiva diferente del pasado, siendo ya mayormente concebido como una “guerra civil” y no como un acto de “insurgencia”. Ante la preocupación de los norteamericanos por Irak, otros aspectos de la actualidad (como la inmigración) pasan bastante desapercibidos. Lo curioso es que la preocupación por Irak ha llegado a ser dominante en la arena de la opinión porque los electores demócratas se han sumado a este miedo y –como decía antes- a esta preocupación también se le han sumado sus consiguientes demandas de seguridad.

Por otro lado, el aumento de valoración demócrata tiene su raíz, parcialmente, en una división interna de la base republicana. Paralelamente, en las bases rojas existe un voto menos fiel (menos “de partido”, que diríamos en lenguaje europeo) que en sus rivales. En los sectores más moderados de los dos partidos, uno puede notar –nuevamente- que el voto final de los indecisos va a venir marcado por el tema de la seguridad. Igualmente, los norteamericanos son bastante conscientes de que una mayoría republicana en el congreso puede aumentar enormemente las probabilidades que las tropas nacionales deban intervenir en países no aliados.

En un sorprendente y revelador dato final, la encuesta del Pew marca como la mayoría de los americanos (un 75%) dedica un tiempo importante de sus conversaciones casuales no a la guerra, ni al matrimonio homosexual ni al aborto, sino al precio de la gasolina, un asunto que –claro está- marca alguna que otra relación con la búsqueda de crudo por el mundo… Sea como fuere, no deja de ser importante ver como –en las conversaciones de los votantes liberales- lo que más acaba citándose (en segundo lugar, después del precio de la gasolina) sea el conflicto de Irak. Por todo lo que he dicho antes, creo que estas conversaciones se centran cada vez más no solamente en la gestión de Bush en el asunto, sino en la respuesta demócrata al conflicto. O, mejor dicho, en su silencio.

Un conflicto que, por cierto, cada vez genera más indecisión. Los norteamericanos no saben si retirar sus tropas o no, no saben si es mejor dar unas fechas o tener una hoja de ruta para hacerlo. En donde encontramos una oposición insalvable es en la relación entre la guerra de Irak y la seguridad del país; los demócratas la ven peor y los republicanos (escudados en el argumento bushiano de que el país no ha sido atacado en cinco años) creen que el control sobre Irak ha favorecido sus intereses en lo que toca a seguridad nacional.

En uno de los asuntos más polémicos de los últimos tiempos (los procedimientos de escucha sin aprobación judicial) un 53% de los americanos piensa que el gobierno debería practicar escuchas sin consentimiento de ningún tribunal. Por otro lado, casi la mitad de los americanos es consciente de que se deben sacrificar algunas libertades civiles si se quiere mejorar la seguridad del país. Igualmente, cada vez son más los norteamericanos que creen en el poder de organismos internacionales para solventar crisis como la de Irán, otro asunto caliente para el presidente Bush; sea como sea, ir solos por la vida, como sabemos suficientemente, no les ha beneficiado en nada.

Antes he hablado de la pasividad demócrata en un plan de seguridad para el país y he reclamado una mayor fuerza de partido ante las acusaciones republicanas. Insisto que ello no es algo que pida yo (un inmigrante más del país) sino que lo pide el electorado demócrata. He mencionado este hecho por una curiosidad mediática que pasó el pasado domingo y que no puedo sino citar. El expresidente del país, Bill Clinton, concedió su primera entrevista cara a cara con la cadena Fox en su noticiario nocturno. La Fox, conocida por sus posturas conservadoras, fue uno de los azotes más duros de Clinton en la época de su gestión presidencial, e indagó especialmente en sus relaciones extramatrimoniales…

La entrevista a un ex-político siempre acostumbra a ser amable. Ya se sabe, cuando los políticos pierden el poder se convierten en ciudadanos tan poco singulares como usted y yo o, en el mejor de los casos, en mandarines de la solidaridad llenos de buenos deseos y con una agenda cargada de contactos importantes. Sin embargo, la entrevista de la Fox no fue tan amable como se preveía. Tras un par de preguntas protocolarias sobre los actos de su Fundación en la lucha global por un medio ambiente mejor, el presentador del programa –Chris Wallace- puso en duda, citando algunas conclusiones de la comisión del 11/s, la capacidad del exmandatario para reconocer el peligro que representaba Osama Bin Laden para el pueblo norteamericano. Casi nada…

Lo que sigue a esa pregunta ciertamente provocadora fue una actuación dialéctica que, más allá de sus verdades, debería ser vista en video por todos los candidatos del partido (Mrs. Clinton incluida). No hablo de lo explicado, que también, sino de la actitud de Clinton al contestar (pueden ver la entrevista completa con una trascripción en http://www.foxnews.com/fns/index.html).

Baste con una cita general para ver lo que es un político con ideas claras;

“Me parece muy interesante que todos los Republicanos conservadores, que dicen que no hice lo suficiente (para capturar a Bin Laden) me dijeran hace tiempo que estaba demasiado obsesionado con Bin Laden. Todos los neocons del presidente Bush pensaban que yo estaba demasiado obsesionado con Bin Laden. Ellos no tuvieron una reunión sobre Bin Laden en nueve meses. Toda la derecha que dice que no hice nada en esto decían que hacía demasiado; es la misma gente. Ellos querían que me fuese de Somalia en 1993 un día después que impulsásemos el “Black Hawk Down”; yo me negué y estuvimos seis meses ahí para transferir competencias a las Naciones Unidas (…) No hay una sola alma en el mundo que pensase que Osama Bin Laden tenía algo que ver con el “Black Hawk Down” o que prestase atención a este asunto o que pensase que Al Qaeda era un motivo de preocupación en Octubre del 93. Ni una sola alma!”

“Yo trabajé duro para matarle (a Bin Laden) Autoricé una búsqueda a la CIA para que lo matase. Contactamos a gente para matarlo. Yo estuve más cerca de matarlo que nadie hasta el momento. Y si yo fuese presidente tendríamos 20.000 tropas más ahí para matarle. Yo nunca he criticado al presidente Bush, y no creo que sea bueno. Pero usted sabe bien que tenemos un gobierno que cree que Afganistán tiene siete veces menor importancia que Irak. ¿Y usted me pregunta sobre el terror y Al Qaeda de esa manera tan despectiva? Cuando todo lo que usted tendría que hacer es leerse el libro de Richard Clarke (asesor en seguridad de los presidentes Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo) para ver como intentamos defender sistemática y comprensivamente al país del terror. Y usted lo hace con esa sonrisita en la boca y se cree muy listo. Pero yo tenía la responsabilidad de proteger a este país. Lo intenté y fallé a encontrar a Bin Laden. Lo lamento. Pero yo lo intenté e hice todo lo que responsablemente pude. Todo el ejército estaba en contra de enviar tropas especiales a Afganistán porque la CIA y el FBI no podían certificar que Al Qaeda fuera un peligro cuando yo era presidente. Dejé la presidencia y todavía me preguntan por esto incesantemente. Ellos tuvieron tres veces más tiempo que yo para hacer frente a ese asunto. Pero nadie les pregunta sobre eso. Lo considero bastante extraño.”

Ya lo ven. Supongo que la cosa no necesita comentarios. Si yo fuese demócrata sentiría ese sentimiento tan molesto, pero inevitable, llamado nostalgia…

Tuesday, September 26, 2006

LA INMIGRACION EN LOS EUA

El tópico siempre ha afirmado que los Estados Unidos es un país hecho por y para los inmigrantes (habrán oído más de una vez eso de “aquí, en los Estados Unidos, nadie ha nacido en los Estados Unidos”). Las grandes ciudades de Norteamérica, así Nueva York, se pavonean de ser el museo más logrado de la multiculturalidad postmoderna, una mezcla impoluta de razas que, sin embargo, –y si nos alejamos de la contemplación turística del país- no siempre es tan pacífica como la pinta el prejuicio. Las ciudades norteamericanas, es cierto, son multicolores; pero, igualmente, subsisten en ellas guetos raciales aislados y muestras manifiestas de pobreza; por otro lado –aunque pese- no todas las razas, hoy por hoy, tienen las mismas oportunidades a la hora de vivir cómodamente en el país.

Sea como fuere, es un dato objetivo que los norteamericanos están cada vez más preocupados por la inmigración y su impacto en la economía y la cultura del país. Actualmente, los EUA albergan unos doce millones de inmigrantes ilegales, la mayoría de los cuales son hispanos. Una nueva inmigración que –todo hay que decirlo- cada vez es más bien vista y mejor tolerada por sus habitantes. Aun así, hasta un 53% de la población cree que esos inmigrantes ilegales deberían ser expulsados del país, ante un importante 40% que afirma querer que éstos se queden, siempre que sea de una manera regular y legal. Por otro lado, un esperanzador tercio de las personas que creen en la expulsión aceptaría –paradójicamente- la existencia de programas regulados de trabajo temporal para inmigrantes.

Uno de los asuntos que siempre se tratan ante este problema, el de los inmigrantes hispanos, es la seguridad en la frontera de Méjico (un 60% de los inmigrantes ilegales entran por esa zona en el país). Curiosamente, la mitad de los norteamericanos piensa que la solución para evitar esa entrada masiva por esa frontera no pasaría por penalizar a todo aquél que tomase servicios de un inmigrante ilegal (cosa comprensible, porque es una práctica muy extendida). La solución que se aportaba hasta el momento como la mejor (a saber, construir más muros o vallas de contención en la frontera y poblarla al mismo tiempo de mayores medidas de seguridad) solamente recibe un insalvable 9% de aprobación.

Contrariamente a lo que pasa en muchos lugares de Europa, los norteamericanos tienen mejor opinión de los inmigrantes en las zonas que albergan un mayor número de ellos, unos lugares (ciudades, mayormente) que están más que habituadas a tener visitantes. Por otro lado, existe un dato muy curioso; los norteamericanos son bastante conscientes (en un 65%) de que los inmigrantes, más que quitarles su trabajo, realizan trabajos que a ellos no les gustaría hacer nunca. Por todo ello, el tópico que afirma que las concentraciones de inmigrantes pueden crear problemas en zonas urbanas se desmiente por la opinión de sus propios ciudadanos. Tomen nota algunos países y ciudades…

Pero lo más sintomático del comportamiento de los norteamericanos es que no acaban de tener claro si quieren o no mantener el actual nivel de entrada de inmigrantes en el país. Una de las soluciones que más gusta a los ciudadanos es la posible creación de una base de datos que integrase a todos los trabajadores elegibles para un oficio cualquiera, una base que sería de obligatoria consulta para todo aquél que quisiese contratar a un inmigrante legal. En esta lista se entraría con una de las habituales formas de identificación válidas en el país (el carné de conducir o un aval bancario).

En lo que toca a los inmigrantes ilegales, existe una curiosa estadística que parece producto de una esquizofrenia inexplicable; mientras más del setenta por ciento de los encuestados afirma que los inmigrantes ilegales no debería tener acceso a la sanidad pública y a los servicios federales, un porcentaje prácticamente igual afirma que permitiría que los hijos de los inmigrantes ilegales pudiesen asistir a la escuela pública.

Los problemas, en EUA y en el resto del mundo, vienen cuando la inmigración se da de una manera importante en localidades (ciudades pequeñas) que no están acostumbradas a recibir inmigrantes y que los conciben como un ataque a la cultura y los valores del país, así como una posible fuente de alimentación para los terroristas o para el crimen a menor escala.

Como decía antes, la última oleada de inmigración en Norteamérica la han protagonizado nuestros correligionarios hispanos, que –en poco tiempo- se han convertido en la principal fuerza bruta del país. ¿Cómo sienta la llegada de mejicanos, hondureños, boricuos y demás en el país de las oportunidades? De momento, la aceptación de estos “visitantes” es positiva. Según un sondeo del Pew Research Center, la mayoría de los norteamericanos negros ve a los hispanos como muy trabajadores y con fuertes valores familiares (en un 79% y 77%, respectivamente). Por otro lado, el 40% de los negros norteamericanos otorgaría de buen grado servicios sociales a los inmigrantes hispanos ilegales (ante un 20% de los ciudadanos blancos). Hasta un 79% de los primeros permitiría que los inmigrantes ilegales hispanos pudiesen llevar a sus hijos a la escuela pública.

Lo curioso del caso es que estas encuestas –y la tolerancia que desprenden- no viene reñida con que un 79% por ciento de la población negra admita que la inmigración hispana les dificulte las cosas a la hora de encontrar trabajo. Esta dificultad, que podría devenir “enemistad” (recuérdese el tópico exclusivista de que “los inmigrantes nos quitan el trabajo que es nuestro”), contrariamente, hace que hasta casi la mitad de los negros piensen que los hispanos ilegales deberían permanecer en el país y estabilizar su situación. Se debe tomar nota de este hecho para que no nos hagan caer en la demagogia de los que pretenden enfrentar razas con la excusa del trabajo escaso.

Si atendemos un instante a la opinión de la gestión pública en inmigración, los americanos no son –ni mucho menos optimistas; en este asunto, tanto el partido republicano como el presidente Bush suspenden su gestión. El partido demócrata llega a subir un poco en su consideración, pero su nota más alta no pasa del aprobado justito. Los dos partidos, no hay que decirlo, suspenden si se pregunta a los inmigrantes hispanos. Una situación curiosa, la verdad, siendo –para vergüenza demócrata- el presidente Bush y el partido Republicano quienes más han tomado la iniciativa en inmigración durante los últimos tiempos.

Una de las cosas que pueden parecer poco importantes en el estudio del Pew Research Center (y que lo es mucho) es la problemática de cómo afecta la inmigración en las diferentes clases sociales del país. No deja de ser paradigmático que la inmigración sea vista como un problema en mayor medida por los ciudadanos demócratas o republicanos más pobres. Este hecho muestra como, para los ricos, la inmigración es una problemática mucho menor, lo cual nos da muchas pistas para que dejemos de indagar en el tema racial, al hablar de inmigración, y atendamos más al tema de clase y de procedencia social. Los pobres, en definitiva, tienden a ver más peligro en el competidor laboral; y no es que estén locos ni tengan un miedo injustificado…

Pero una de las cosas más interesantes que pasan en los Estados Unidos es la lucha entre inmigrantes de la misma raza y clase. Es el caso de unos inmigrantes procedentes de la provincia mejicana de Tuxpan que han llegado en masa –en los últimos tiempos- a la zona de los Hamptons, unas urbanizaciones de gente bien cercanas a Nueva York. La llegada de inmigrantes de segunda generación ha molestado a los primeros visitantes de la zona, que se quejan de que éstos han rebajado el salario medio que ellos cobraban. A más inmigrantes, claro está, menos espacio y más escenas de sobrepoblación de casas y de inmigrantes por la calle esperando ser cazados por posibles contratadotes. Imágenes que, claro está, no gustan a los residentes de las urbanizaciones.

Por otro lado, el dinero que estos trabajadores consiguen no siempre llega a buen puerto. Muchos de estos hispanos están tiempo trabajando en los EUA y vuelven a sus casas e invierten el dinero en cosas bastante ajenas a su comunidad. Coches caros, mansiones imperiales, etc., están encareciendo unas zonas que muchas veces no tienen infraestructuras de primera necesidad y que ve que la llegada masiva de dólares americanos aumenta el coste de vida de manera alarmante.

Cabe decir que el gobierno americano (a través de la Internacional Agency for Development) ha ideado un programa de cinco años y diez millones de presupuesto para intentar ayudar a trabajadores mejicanos a crear pequeños y medianos negocios. Por otro lado, el gobierno mejicano (que hasta ahora no había movido un dedo para evitar el flujo migratorio en la frontera) ha promovido el programa “3 por 1”, ideado para que los inmigrantes, la administración estatal y la comarcal trabajen mano a mano para ayudar a que los ciudadanos mejicanos no emigren a los EUA. Pero como declaraba hace poco tiempo el alcalde de Tuxpan, Gilberto Coria, ese programa se había gastado 20.000 dólares en su ciudad… para izar una enorme bandera mejicana que ensalzase el patriotismo. Sin comentarios.

La respuesta del presidente Bush a este asunto ha sido inteligente y políticamente relevante. Para contentar al sector más conservador de su electorado (y a las correspondientes bases de su partido) Bush ha declarado que va a reforzar la frontera mejicana enviando ahí unos 10.000 soldados de la guardia nacional. Paralelamente, el presidente ha dado públicamente su apoyo a la propuesta de legalización parcial de trabajadores ideada por los senadores John McCain y Eduard Kennedy, en un esfuerzo bipartito de consenso que –en Europa- deberíamos imitar antes de ir tirándonos las culpas y evitando responsabilidades.

Esta iniciativa de legalizar a parte de los inmigrantes hispanos ilegales no es baladí; Bush llegó a ser presidente con un 40% del voto hispano. Una comunidad que, por ciento, representa el 13% de la población americana, pero de la cual solamente puede votar un 6%. Dado como están de apretadas las elecciones en Norteamérica últimamente, no es de extrañar que Bush quiera, legalizando a los hispanos, asegurarse un voto fiel de la misma manera que el partido republicano se ha asegurado el de los disidentes cubanos. Un tanto que muestra que nuestro presidente no es quizás un erudito, pero que –contra lo que piensan muchos- de tonto no tiene ni un pelito.

Sea como fuere, los hispanos –en EUA- se han dado cuenta de que son una fuerza de trabajo primordial, sin la que el país no podría funcionar. Y esa fuerza de trabajo, hoy en día, quiere también ser una fuerza política. El Plan Bush de inmigración prevé la expulsión de aquellos inmigrantes que hayan cometido algún delito, pero admitirá en programas temporales a un número enorme de éstos, permitiendo a los más antiguos poder-se quedar en el país, siempre que su contratación sea legal. Un plan con el que se puede o no estar de acuerdo, pero que –de momento- parece, para nuestra vergüenza, no tener lugar en la Europa progresista, cool y multicultural.

LA EDUCACION EN LOS EUA

LA OCDE acaba de publicar un exhaustivo informe sobre la educación en sus treinta países miembros. Parece ser que España –uno de los impulsores más antiguos de la organización, por cierto- no sale muy bien parada en la cuestión educativa si la comparamos con otras naciones como Alemania o Estados Unidos. El tema merece darle un pequeño vistazo al texto.

El primer dato importante del estudio es que, y puede parecer sorprendente, sacamos una nota excelente (la tercera) en formación universitaria, que aumenta a un ritmo notable. También la educación preescolar se sitúa en un nivel óptimo, en el primer lugar de la lista. Es, contrariamente y por contraste, la educación secundaria la que se lleva el peor palo del asunto. Paralelamente, mientras dedicamos los mismos recursos que otros países a la educación privada, los recursos en educación secundaria pública se sitúan un punto por debajo de los otros miembros de la OCDE. Un dato preocupante que podría explicar por qué –según afirmaba hace poco una encuesta online de La Vanguardia- la mayoría de ciudadanos (un 65.8 por ciento) todavía piensa que los centros privados imparten una enseñanza de mayor calidad.


En cualquier caso, el estudio de la OCDE refleja claramente un cambio generacional importantísimo en nuestro país. Contra lo que dicen los nostálgicos –y como recordaba el sociólogo Mariano F. Enguita en EL PAÍS- hoy nuestros alumnos escriben mejor y aprenden mucho más que hace veinticinco años, teniendo un acceso a la cultura tremendamente mayor que el de nuestros abuelos (a veces, queridos amigos, parece mentira que no nos acordemos de cómo estaba el país hace solamente unos lustros…)

Los fatalistas que, por otro lado, critican sistemáticamente nuestro sistema universitario tienen también, en este estudio, muchos datos que contradicen su persistente fanfarroneo. Seguimos acarreando algunos problemas de fondo (entre ellos el nivel de matemáticas de los alumnos, el trato salarial que reciben las mujeres licenciadas en nuestro país o la enorme falta de estudiantes internacionales en nuestras aulas) pero fijarse solamente en las carencias es un deporte nacional en el que no siempre estamos obligados a ser excelentes.

Si cruzamos el charco y nos vamos a los Estados Unidos (el país, claro está, con mayor PIB de la lista) tenemos también algunos datos importantes. En primer lugar –cosa que contradice claramente el exclusivismo con el que los europeos miramos a las universidades americanas- los EUA lideran el porcentaje de aceptación universitaria con un 39% de la población adulta; un porcentaje al que otros países (como Canadá, en un 35%) se están aproximando, aunque ningún país de la lista supera el 27%. Bien es cierto que el nivel de personas que finalmente se gradúan en los EUA es mucho menor que el de otros países (sólo se gradúan la mitad de los alumnos) pero este es un dato –como recuerdan los responsables del estudio- que no afecta al nivel de la calidad de la enseñanza ni al de inserción de alumnos en la universidad. También hay que decir que –en los últimos tiempos- EUA ha crecido menos que otros países en cantidad de alumnos universitarios, quizás –me atrevo a apuntar- porque el sistema norteamericano está mucho más consolidado que el de algunos países de la vieja Europa.

Igualmente, esta poca cantidad de personas graduadas implica –lógicamente- que tener una carrera sea algo mucho mejor considerado –de cara al salario- en los EUA que en Europa; los habitantes que tienen carrera en los EUA llegan a cobrar un 72% más de salario que los ciudadanos que solamente llegan a terminar la educación secundaria, adquiriendo también mucha más facilidad para encontrar trabajo. Por otro lado, el estudio de la OCDE afirma que los norteamericanos reciben –en su salario laboral y respecto al gasto de sus universidades- una compensación mucho mayor que sus iguales europeos.

Por tanto, contra lo que afirma el tópico fácil, la educación en Norteamérica es más cara que la europea pero también da mucho más dinero a los que pueden acceder a ella. En ese sentido, no deja de ser curioso que nuestro país sea uno de los que más ha crecido en aceptación de alumnos en la universidad, siendo éste un logro que no conlleva –paradójicamente- un incremento salarial adecuado al nivel de los estudios cursados. Hay más licenciados, pero más pobres, para decirlo en plata.

Como no es sorpresa (y seguirá siendo así durante mucho tiempo) EUA es el lugar preferido por los estudiantes internacionales (un 22% de éstos deciden venir a estudiar, por encima de todo, en las universidades americanas; lo cual, por cierto, matiza el antiamericanismo de pose que mucha gente profesa hacia el país; EUA son sus contradicciones políticas y sus miserias culturales, bien es cierto, pero sus universidades y sus premios Nóbel también deben tenerse en cuenta a la hora de evaluar el aprecio que tenemos por el país y su nivel cultural). No deja de ser por cierto curioso (y analizable en sus consecuencias a nivel geopolítico) que dos tercios de esos estudiantes internacionales provengan de Asia…

Evidentemente, la ventaja que los norteamericanos nos llevan en este aspecto tiene un origen lingüístico bien claro. El inglés, hoy por hoy, sigue siendo la lengua madre en lo que toca al comercio internacional y las relaciones políticas en el mundo. Que muchos programas en Europa hayan empezado a incluir cursos en inglés (más vale tarde que nunca) refuerza esa idea básica y nos acerca a la normalidad. Igualmente, cabe decir que el español sigue siendo una lengua enormemente poderosa que, por lo que parece, no hemos aprovechado suficientemente para tener más estudiantes latinoamericanos en nuestras aulas y para exportar así nuestra potente educación universitaria. El español no es el inglés, cierto; pero sigue siendo un idioma primordial que, paradójicamente, nos une poco a nuestros pares.

Los EUA siguen manteniendo un buen nivel en educación secundaria, pero han experimentado un decrecimiento en la inversión en este espacio educativo. Por otro lado, el nivel de personas que entran en secundaria pero que no acaban sus estudios es alarmantemente importante, siendo esta carencia algo que les determina notablemente de cara al mercado laboral. Como pasa en casi todos los países encuestados, el nivel de matemáticas es menor en las zonas en donde la renta per cápita es menor. Los pobres, como siempre, parecen tenerlo más difícil…

Contrariamente, uno de los hallazgos del sistema norteamericano es el excelente nivel de la formación no-académica (los antiguos oficios). Si uno no puede o quiere estudiar secundaria (un hecho que los norteamericanos aceptan con menos severidad que nosotros) puede aprender un oficio con un título oficial que le permita trabajar en el futuro. Paralelamente, el sistema norteamericano es de los que menos fomenta a desigualdad entre hombre y mujer. Contra lo que se piensa tópicamente, el nivel de gasto público en educación también es uno de los más altos de la lista de la OCDE. Lo que sí varía (y dobla la cantidad media en porcentaje) son los fondos privados en educación, que se sitúan en un 28%; la educación, bien es cierto, es un negocio en Norteamérica, pero afirmar sistemáticamente que el gobierno no invierte en educación es faltar a la verdad. Por otro lado, el nivel económico de la mayoría de los profesores (si bien trabajan más tiempo que en Europa) es francamente superior.

Pero del tópico que no parece librarse la educación en Norteamérica es del estigma de la competitividad. Esta semana, Newsweek dedica un reportaje a esa problemática, que llegado incluso a afectar a los estudiantes entorno a los seis años. Parece ser que el nivel de superación y competencia ha afectado a muchos niños de los EUA que presentan problemas de lectura y concentración derivados de ese estrés. Hace treinta anos, el primer grado tenía como objetivo que los alumnos aprendiesen a leer. Ahora la lectura ya empieza en el parvulario y los niños que no superan el examen de mitad de curso ya deben tener asistencia “especial”. Los ejercicios musicales, de dibujo, e incluso los juegos están siendo sustituidos por concursos de deletreo o redacciones. Los exámenes, en algún caso, llegan a ser semanales. Antes de poder atarse los zapatos, dice el reportaje del semanario, un niño ya puede ser bastante consciente de lo que es la noción de “fracasar”. Por otro lado, muchos padres –ya a los cinco anos- piensan en cómo sus hijos pueden entrar en una universidad de la Ivy League. El resultado es alarmante. En Buffalo (NY) un 42% ciento de los estudiantes ha tenido que repetir el primer grado.

Los primeros cursos de un estudiante, dicen los expertos, no son tanto para acumular erudición sino para despertar la curiosidad y receptividad del alumno. Si esta etapa se elimina o se dispara en rapidez, las secuelas pueden durar para siempre. Por otro lado, los niveles de exigencia pretenden ser los mismos –por poner un caso- para los alumnos que hablan el inglés como primera lengua y para los inmigrantes, muchos de los cuales no han hablado inglés en su vida, simplemente porque sus padres acaban de llegar al país. Muchos de estos inmigrantes también presionan a sus hijos para que sean “academic stars”, algo difícil si tenemos en cuenta que sus condiciones materiales no son iguales que las de muchos alumnos hijos de clase media con más oportunidades o con una vida más estable. Paralelamente, los padres más ricos continúan martilleando a sus hijos con numerosas clases extraescolares que les mantienen ocupados durante todo el día.

Todo este embrollo proviene de la concepción errónea de que los niños serán más listos cuando antes aprendan a leer. Pero, si bien estas capacidades pueden desarrollarse a una temprana edad, mantener esta tensión puede conllevar problemas posteriores de cansancio o falta de concentración. Pero este boom académico parece bastante imparable, puesto que algunas empresas como Baby Einstein o Educate están lanzando cedés para que los pequeños de tres años empiecen a leer y a practicar aritmética. Muchos dirán que este proceso no es más que la traducción de la vida misma; si los alumnos viven en este mundo, deben aprender a competir, y solamente deben sobrevivir los más fuertes. El problema es que el darwinismo social –aplicado a rajatabla- puede tener consecuencias cercanas al desastre. Estas y otras características del sistema americano, sin ser exportables, son algo que deberíamos, en cualquier caso, tener en cuenta.