Sobre Rumsfeld, las comas... y el abuso sexual.
Irak ha tintado el discurso político norteamericano de un exasperante tono monocolor. Esta semana se ha confirmado el camino que nos llevará a las legislativas de noviembre; un sendero asfaltado únicamente con los problemas relativos a la seguridad nacional y la exportación de la democracia (liberal, claro está) a través del mundo mundial y, más en concreto, en un país como Irak, sumido –como ya dicen creer la mayoría de los ciudadanos de los Estados Unidos- en el umbral de una guerra civil, que no insurrección ni conflicto. Las palabras son importantes en política…
Lo dijo claramente Kofi Annan hace unos días; “Si los niveles de alienación y violencia persisten por mucho tiempo en Irak, existe un peligro enorme de ruptura de su estado, posiblemente en el contexto de una guerra civil en toda regla.” Cuando Wolf Blitzer, presentador de la Late Edition de CNN, disparó estas reflexiones onunianas al presidente Bush en una entrevista reciente, nuestro mandatario hizo uso de una metáfora en un terreno en el que no es demasiado experto; la gramática. “En Irak votaron 12 millones de personas el pasado diciembre. Parece que haya pasado una década… pero a mí me gusta decirle a la gente que, cuando la historia de Irak se escriba, esto será visto solamente como una coma.”
La metáfora parece desafortunada y nos es la primera vez que Bush la utiliza. Pero podríamos tomarla como verdadera para ver si flota un poquito. Cierto es que, muchas veces, asuntos que han llenado millones de páginas de actualidad, centrando el interés incansable de los periodistas más agudos o el sentir cotidiano de la gente, han acabado como meras notas a pie de página (o comas) en el mar de la historia libresca. Pero creo que, en este caso, la metáfora gramática no salva al presidente Bush, porque la historia ha juzgado a la práctica totalidad de los presidentes norteamericanos por la gestión de conflictos en el exterior. De momento, el recurso no cuela.
Cuando Bush niega las suposiciones de Annan, lo hace porque se fía –literalmente- de la “gente que pisa ese suelo.”, como le gusta afirmar a menudo. No miente; Bush siempre ha trabajado con una serie de leales obispos a través de los cuales estructura su mundo. En el terreno internacional, un espacio político que Bush nunca ha dominado en exceso (recuérdese su repelencia a viajar) esta fidelidad del ojo ajeno deviene mayor. Bush ha liderado al ejército en Irak; eso es indiscutible. Pero sus ojos en este país tienen nombre y apellidos; Donald Rumsfeld.
El papel de Rumsfeld en el desarrollo de la guerra de Irak ha salido de nuevo a la palestra por obra y gracia del libro State of Denial (On Bush and War III) del controvertido y admirado periodista Bob Woodward. La obra, publicada a partir de entrevistas con el propio presidente y miembros de su administración, ha removido los estómagos de la política norteamericana; su descripción de la gestión del conflicto de Irak, por decirlo de manera suave, no acaba de ser optimista. Y la cosa tiene miga, porque Woodword no era hasta ahora un periodista excesivamente crítico con la administración. Él mismo escribió en 2002 otro libro –Bush at War- que describía al presidente como un hombre resolutivo, firme y en el que debíamos confiar en términos de seguridad.
Pero esa firmeza, dice el periodista, se ha transformado en tozudez; en la terquedad de un presidente que le dijo “no retiraré las tropas de Irak incluso si Laura y Barnie (su perro) son los únicos que me apoyan”. Pero la peor parte del pastel, decía antes, se la lleva el Secretario de Defensa Rumsfeld, dibujado aquí como un irresponsable incapaz de liderar una campaña armada eficaz. Según nos cuenta Woodward, en un culebrón digno del atardecer siestil, después de las elecciones de 2004, Andrew H. Card Jr. (el Jefe de Gabinete de la Casa Blanca), intentó echar a Rumsfeld con el apoyo explícito de Laura Bush (y, suponemos, también del perrito Barnie), que creía que Rumsfeld estaba echando por la borda la reputación de su marido. Pero el todopoderoso Cheney, amigo del alma de Rumsfeld desde los tiempos del Watergate (y etcétera) impuso la continuidad del Secretario. El argumento, el de siempre; un cambio en la política de defensa favorecería los intereses del terror del mundo mundial.
Por otro lado, tenemos también figuras como George J. Tenet, antiguo director de la CIA, que siempre creyó que la guerra de Irak había sido un error pero que nunca tuvo los bemoles de coger el teléfono y decírselo a su presidente. Interesante retrato, es cierto; una administración con una relativa capacidad de análisis de las cosas, pero incapaz de comunicar ese análisis a su jefe. Un panorama que, claro está, esculpe a un presidente determinado a seguir una política ante el desconocimiento más profundo de la realidad exterior de la que debe dar cuenta. No sería, como pasa siempre, un problema de convicciones el de Bush (convicciones le sobran) sino de análisis. Como dicen los filósofos, los problemas siempre acostumbran a venir de errores analíticos que pueden convertirse en bolas de nieve…
La verdad es que al presidente no le sonríen los amaneceres. Irak a parte, el escándalo de la semana ha caído sobre un político republicano, Mark Foley, congresista que dedicó parte de su carrera a la lucha contra la explotación sexual infantil. Pues bien; al angelito Foley le han pescado enviando mensajes con un contenido sexual subidito de tono a los botones del congreso, algunos de los cuales son menores de edad. El asunto ha salpicado también a Denis Hastert, el portavoz de la cámara (también republicano) quien conocía estas misivas con anterioridad. Unas declaraciones de amor que parecían ser conocidas por muchos, aunque ignoradas, así como también era consabida la condición homosexual del señor Foley, que no solamente era homosexual –cosa estupenda- sino que era un homosexual que había votado en contra del matrimonio homosexual. Nuevamente, los cortocircuitos mentales llevan a bolas de nieve que se te acaban tragando, y a correr…

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