LA INMIGRACION EN LOS EUA
El tópico siempre ha afirmado que los Estados Unidos es un país hecho por y para los inmigrantes (habrán oído más de una vez eso de “aquí, en los Estados Unidos, nadie ha nacido en los Estados Unidos”). Las grandes ciudades de Norteamérica, así Nueva York, se pavonean de ser el museo más logrado de la multiculturalidad postmoderna, una mezcla impoluta de razas que, sin embargo, –y si nos alejamos de la contemplación turística del país- no siempre es tan pacífica como la pinta el prejuicio. Las ciudades norteamericanas, es cierto, son multicolores; pero, igualmente, subsisten en ellas guetos raciales aislados y muestras manifiestas de pobreza; por otro lado –aunque pese- no todas las razas, hoy por hoy, tienen las mismas oportunidades a la hora de vivir cómodamente en el país.
Sea como fuere, es un dato objetivo que los norteamericanos están cada vez más preocupados por la inmigración y su impacto en la economía y la cultura del país. Actualmente, los EUA albergan unos doce millones de inmigrantes ilegales, la mayoría de los cuales son hispanos. Una nueva inmigración que –todo hay que decirlo- cada vez es más bien vista y mejor tolerada por sus habitantes. Aun así, hasta un 53% de la población cree que esos inmigrantes ilegales deberían ser expulsados del país, ante un importante 40% que afirma querer que éstos se queden, siempre que sea de una manera regular y legal. Por otro lado, un esperanzador tercio de las personas que creen en la expulsión aceptaría –paradójicamente- la existencia de programas regulados de trabajo temporal para inmigrantes.
Uno de los asuntos que siempre se tratan ante este problema, el de los inmigrantes hispanos, es la seguridad en la frontera de Méjico (un 60% de los inmigrantes ilegales entran por esa zona en el país). Curiosamente, la mitad de los norteamericanos piensa que la solución para evitar esa entrada masiva por esa frontera no pasaría por penalizar a todo aquél que tomase servicios de un inmigrante ilegal (cosa comprensible, porque es una práctica muy extendida). La solución que se aportaba hasta el momento como la mejor (a saber, construir más muros o vallas de contención en la frontera y poblarla al mismo tiempo de mayores medidas de seguridad) solamente recibe un insalvable 9% de aprobación.
Contrariamente a lo que pasa en muchos lugares de Europa, los norteamericanos tienen mejor opinión de los inmigrantes en las zonas que albergan un mayor número de ellos, unos lugares (ciudades, mayormente) que están más que habituadas a tener visitantes. Por otro lado, existe un dato muy curioso; los norteamericanos son bastante conscientes (en un 65%) de que los inmigrantes, más que quitarles su trabajo, realizan trabajos que a ellos no les gustaría hacer nunca. Por todo ello, el tópico que afirma que las concentraciones de inmigrantes pueden crear problemas en zonas urbanas se desmiente por la opinión de sus propios ciudadanos. Tomen nota algunos países y ciudades…
Pero lo más sintomático del comportamiento de los norteamericanos es que no acaban de tener claro si quieren o no mantener el actual nivel de entrada de inmigrantes en el país. Una de las soluciones que más gusta a los ciudadanos es la posible creación de una base de datos que integrase a todos los trabajadores elegibles para un oficio cualquiera, una base que sería de obligatoria consulta para todo aquél que quisiese contratar a un inmigrante legal. En esta lista se entraría con una de las habituales formas de identificación válidas en el país (el carné de conducir o un aval bancario).
En lo que toca a los inmigrantes ilegales, existe una curiosa estadística que parece producto de una esquizofrenia inexplicable; mientras más del setenta por ciento de los encuestados afirma que los inmigrantes ilegales no debería tener acceso a la sanidad pública y a los servicios federales, un porcentaje prácticamente igual afirma que permitiría que los hijos de los inmigrantes ilegales pudiesen asistir a la escuela pública.
Los problemas, en EUA y en el resto del mundo, vienen cuando la inmigración se da de una manera importante en localidades (ciudades pequeñas) que no están acostumbradas a recibir inmigrantes y que los conciben como un ataque a la cultura y los valores del país, así como una posible fuente de alimentación para los terroristas o para el crimen a menor escala.
Como decía antes, la última oleada de inmigración en Norteamérica la han protagonizado nuestros correligionarios hispanos, que –en poco tiempo- se han convertido en la principal fuerza bruta del país. ¿Cómo sienta la llegada de mejicanos, hondureños, boricuos y demás en el país de las oportunidades? De momento, la aceptación de estos “visitantes” es positiva. Según un sondeo del Pew Research Center, la mayoría de los norteamericanos negros ve a los hispanos como muy trabajadores y con fuertes valores familiares (en un 79% y 77%, respectivamente). Por otro lado, el 40% de los negros norteamericanos otorgaría de buen grado servicios sociales a los inmigrantes hispanos ilegales (ante un 20% de los ciudadanos blancos). Hasta un 79% de los primeros permitiría que los inmigrantes ilegales hispanos pudiesen llevar a sus hijos a la escuela pública.
Lo curioso del caso es que estas encuestas –y la tolerancia que desprenden- no viene reñida con que un 79% por ciento de la población negra admita que la inmigración hispana les dificulte las cosas a la hora de encontrar trabajo. Esta dificultad, que podría devenir “enemistad” (recuérdese el tópico exclusivista de que “los inmigrantes nos quitan el trabajo que es nuestro”), contrariamente, hace que hasta casi la mitad de los negros piensen que los hispanos ilegales deberían permanecer en el país y estabilizar su situación. Se debe tomar nota de este hecho para que no nos hagan caer en la demagogia de los que pretenden enfrentar razas con la excusa del trabajo escaso.
Si atendemos un instante a la opinión de la gestión pública en inmigración, los americanos no son –ni mucho menos optimistas; en este asunto, tanto el partido republicano como el presidente Bush suspenden su gestión. El partido demócrata llega a subir un poco en su consideración, pero su nota más alta no pasa del aprobado justito. Los dos partidos, no hay que decirlo, suspenden si se pregunta a los inmigrantes hispanos. Una situación curiosa, la verdad, siendo –para vergüenza demócrata- el presidente Bush y el partido Republicano quienes más han tomado la iniciativa en inmigración durante los últimos tiempos.
Una de las cosas que pueden parecer poco importantes en el estudio del Pew Research Center (y que lo es mucho) es la problemática de cómo afecta la inmigración en las diferentes clases sociales del país. No deja de ser paradigmático que la inmigración sea vista como un problema en mayor medida por los ciudadanos demócratas o republicanos más pobres. Este hecho muestra como, para los ricos, la inmigración es una problemática mucho menor, lo cual nos da muchas pistas para que dejemos de indagar en el tema racial, al hablar de inmigración, y atendamos más al tema de clase y de procedencia social. Los pobres, en definitiva, tienden a ver más peligro en el competidor laboral; y no es que estén locos ni tengan un miedo injustificado…
Pero una de las cosas más interesantes que pasan en los Estados Unidos es la lucha entre inmigrantes de la misma raza y clase. Es el caso de unos inmigrantes procedentes de la provincia mejicana de Tuxpan que han llegado en masa –en los últimos tiempos- a la zona de los Hamptons, unas urbanizaciones de gente bien cercanas a Nueva York. La llegada de inmigrantes de segunda generación ha molestado a los primeros visitantes de la zona, que se quejan de que éstos han rebajado el salario medio que ellos cobraban. A más inmigrantes, claro está, menos espacio y más escenas de sobrepoblación de casas y de inmigrantes por la calle esperando ser cazados por posibles contratadotes. Imágenes que, claro está, no gustan a los residentes de las urbanizaciones.
Por otro lado, el dinero que estos trabajadores consiguen no siempre llega a buen puerto. Muchos de estos hispanos están tiempo trabajando en los EUA y vuelven a sus casas e invierten el dinero en cosas bastante ajenas a su comunidad. Coches caros, mansiones imperiales, etc., están encareciendo unas zonas que muchas veces no tienen infraestructuras de primera necesidad y que ve que la llegada masiva de dólares americanos aumenta el coste de vida de manera alarmante.
Cabe decir que el gobierno americano (a través de la Internacional Agency for Development) ha ideado un programa de cinco años y diez millones de presupuesto para intentar ayudar a trabajadores mejicanos a crear pequeños y medianos negocios. Por otro lado, el gobierno mejicano (que hasta ahora no había movido un dedo para evitar el flujo migratorio en la frontera) ha promovido el programa “3 por 1”, ideado para que los inmigrantes, la administración estatal y la comarcal trabajen mano a mano para ayudar a que los ciudadanos mejicanos no emigren a los EUA. Pero como declaraba hace poco tiempo el alcalde de Tuxpan, Gilberto Coria, ese programa se había gastado 20.000 dólares en su ciudad… para izar una enorme bandera mejicana que ensalzase el patriotismo. Sin comentarios.
La respuesta del presidente Bush a este asunto ha sido inteligente y políticamente relevante. Para contentar al sector más conservador de su electorado (y a las correspondientes bases de su partido) Bush ha declarado que va a reforzar la frontera mejicana enviando ahí unos 10.000 soldados de la guardia nacional. Paralelamente, el presidente ha dado públicamente su apoyo a la propuesta de legalización parcial de trabajadores ideada por los senadores John McCain y Eduard Kennedy, en un esfuerzo bipartito de consenso que –en Europa- deberíamos imitar antes de ir tirándonos las culpas y evitando responsabilidades.
Esta iniciativa de legalizar a parte de los inmigrantes hispanos ilegales no es baladí; Bush llegó a ser presidente con un 40% del voto hispano. Una comunidad que, por ciento, representa el 13% de la población americana, pero de la cual solamente puede votar un 6%. Dado como están de apretadas las elecciones en Norteamérica últimamente, no es de extrañar que Bush quiera, legalizando a los hispanos, asegurarse un voto fiel de la misma manera que el partido republicano se ha asegurado el de los disidentes cubanos. Un tanto que muestra que nuestro presidente no es quizás un erudito, pero que –contra lo que piensan muchos- de tonto no tiene ni un pelito.
Sea como fuere, los hispanos –en EUA- se han dado cuenta de que son una fuerza de trabajo primordial, sin la que el país no podría funcionar. Y esa fuerza de trabajo, hoy en día, quiere también ser una fuerza política. El Plan Bush de inmigración prevé la expulsión de aquellos inmigrantes que hayan cometido algún delito, pero admitirá en programas temporales a un número enorme de éstos, permitiendo a los más antiguos poder-se quedar en el país, siempre que su contratación sea legal. Un plan con el que se puede o no estar de acuerdo, pero que –de momento- parece, para nuestra vergüenza, no tener lugar en la Europa progresista, cool y multicultural.
Sea como fuere, es un dato objetivo que los norteamericanos están cada vez más preocupados por la inmigración y su impacto en la economía y la cultura del país. Actualmente, los EUA albergan unos doce millones de inmigrantes ilegales, la mayoría de los cuales son hispanos. Una nueva inmigración que –todo hay que decirlo- cada vez es más bien vista y mejor tolerada por sus habitantes. Aun así, hasta un 53% de la población cree que esos inmigrantes ilegales deberían ser expulsados del país, ante un importante 40% que afirma querer que éstos se queden, siempre que sea de una manera regular y legal. Por otro lado, un esperanzador tercio de las personas que creen en la expulsión aceptaría –paradójicamente- la existencia de programas regulados de trabajo temporal para inmigrantes.
Uno de los asuntos que siempre se tratan ante este problema, el de los inmigrantes hispanos, es la seguridad en la frontera de Méjico (un 60% de los inmigrantes ilegales entran por esa zona en el país). Curiosamente, la mitad de los norteamericanos piensa que la solución para evitar esa entrada masiva por esa frontera no pasaría por penalizar a todo aquél que tomase servicios de un inmigrante ilegal (cosa comprensible, porque es una práctica muy extendida). La solución que se aportaba hasta el momento como la mejor (a saber, construir más muros o vallas de contención en la frontera y poblarla al mismo tiempo de mayores medidas de seguridad) solamente recibe un insalvable 9% de aprobación.
Contrariamente a lo que pasa en muchos lugares de Europa, los norteamericanos tienen mejor opinión de los inmigrantes en las zonas que albergan un mayor número de ellos, unos lugares (ciudades, mayormente) que están más que habituadas a tener visitantes. Por otro lado, existe un dato muy curioso; los norteamericanos son bastante conscientes (en un 65%) de que los inmigrantes, más que quitarles su trabajo, realizan trabajos que a ellos no les gustaría hacer nunca. Por todo ello, el tópico que afirma que las concentraciones de inmigrantes pueden crear problemas en zonas urbanas se desmiente por la opinión de sus propios ciudadanos. Tomen nota algunos países y ciudades…
Pero lo más sintomático del comportamiento de los norteamericanos es que no acaban de tener claro si quieren o no mantener el actual nivel de entrada de inmigrantes en el país. Una de las soluciones que más gusta a los ciudadanos es la posible creación de una base de datos que integrase a todos los trabajadores elegibles para un oficio cualquiera, una base que sería de obligatoria consulta para todo aquél que quisiese contratar a un inmigrante legal. En esta lista se entraría con una de las habituales formas de identificación válidas en el país (el carné de conducir o un aval bancario).
En lo que toca a los inmigrantes ilegales, existe una curiosa estadística que parece producto de una esquizofrenia inexplicable; mientras más del setenta por ciento de los encuestados afirma que los inmigrantes ilegales no debería tener acceso a la sanidad pública y a los servicios federales, un porcentaje prácticamente igual afirma que permitiría que los hijos de los inmigrantes ilegales pudiesen asistir a la escuela pública.
Los problemas, en EUA y en el resto del mundo, vienen cuando la inmigración se da de una manera importante en localidades (ciudades pequeñas) que no están acostumbradas a recibir inmigrantes y que los conciben como un ataque a la cultura y los valores del país, así como una posible fuente de alimentación para los terroristas o para el crimen a menor escala.
Como decía antes, la última oleada de inmigración en Norteamérica la han protagonizado nuestros correligionarios hispanos, que –en poco tiempo- se han convertido en la principal fuerza bruta del país. ¿Cómo sienta la llegada de mejicanos, hondureños, boricuos y demás en el país de las oportunidades? De momento, la aceptación de estos “visitantes” es positiva. Según un sondeo del Pew Research Center, la mayoría de los norteamericanos negros ve a los hispanos como muy trabajadores y con fuertes valores familiares (en un 79% y 77%, respectivamente). Por otro lado, el 40% de los negros norteamericanos otorgaría de buen grado servicios sociales a los inmigrantes hispanos ilegales (ante un 20% de los ciudadanos blancos). Hasta un 79% de los primeros permitiría que los inmigrantes ilegales hispanos pudiesen llevar a sus hijos a la escuela pública.
Lo curioso del caso es que estas encuestas –y la tolerancia que desprenden- no viene reñida con que un 79% por ciento de la población negra admita que la inmigración hispana les dificulte las cosas a la hora de encontrar trabajo. Esta dificultad, que podría devenir “enemistad” (recuérdese el tópico exclusivista de que “los inmigrantes nos quitan el trabajo que es nuestro”), contrariamente, hace que hasta casi la mitad de los negros piensen que los hispanos ilegales deberían permanecer en el país y estabilizar su situación. Se debe tomar nota de este hecho para que no nos hagan caer en la demagogia de los que pretenden enfrentar razas con la excusa del trabajo escaso.
Si atendemos un instante a la opinión de la gestión pública en inmigración, los americanos no son –ni mucho menos optimistas; en este asunto, tanto el partido republicano como el presidente Bush suspenden su gestión. El partido demócrata llega a subir un poco en su consideración, pero su nota más alta no pasa del aprobado justito. Los dos partidos, no hay que decirlo, suspenden si se pregunta a los inmigrantes hispanos. Una situación curiosa, la verdad, siendo –para vergüenza demócrata- el presidente Bush y el partido Republicano quienes más han tomado la iniciativa en inmigración durante los últimos tiempos.
Una de las cosas que pueden parecer poco importantes en el estudio del Pew Research Center (y que lo es mucho) es la problemática de cómo afecta la inmigración en las diferentes clases sociales del país. No deja de ser paradigmático que la inmigración sea vista como un problema en mayor medida por los ciudadanos demócratas o republicanos más pobres. Este hecho muestra como, para los ricos, la inmigración es una problemática mucho menor, lo cual nos da muchas pistas para que dejemos de indagar en el tema racial, al hablar de inmigración, y atendamos más al tema de clase y de procedencia social. Los pobres, en definitiva, tienden a ver más peligro en el competidor laboral; y no es que estén locos ni tengan un miedo injustificado…
Pero una de las cosas más interesantes que pasan en los Estados Unidos es la lucha entre inmigrantes de la misma raza y clase. Es el caso de unos inmigrantes procedentes de la provincia mejicana de Tuxpan que han llegado en masa –en los últimos tiempos- a la zona de los Hamptons, unas urbanizaciones de gente bien cercanas a Nueva York. La llegada de inmigrantes de segunda generación ha molestado a los primeros visitantes de la zona, que se quejan de que éstos han rebajado el salario medio que ellos cobraban. A más inmigrantes, claro está, menos espacio y más escenas de sobrepoblación de casas y de inmigrantes por la calle esperando ser cazados por posibles contratadotes. Imágenes que, claro está, no gustan a los residentes de las urbanizaciones.
Por otro lado, el dinero que estos trabajadores consiguen no siempre llega a buen puerto. Muchos de estos hispanos están tiempo trabajando en los EUA y vuelven a sus casas e invierten el dinero en cosas bastante ajenas a su comunidad. Coches caros, mansiones imperiales, etc., están encareciendo unas zonas que muchas veces no tienen infraestructuras de primera necesidad y que ve que la llegada masiva de dólares americanos aumenta el coste de vida de manera alarmante.
Cabe decir que el gobierno americano (a través de la Internacional Agency for Development) ha ideado un programa de cinco años y diez millones de presupuesto para intentar ayudar a trabajadores mejicanos a crear pequeños y medianos negocios. Por otro lado, el gobierno mejicano (que hasta ahora no había movido un dedo para evitar el flujo migratorio en la frontera) ha promovido el programa “3 por 1”, ideado para que los inmigrantes, la administración estatal y la comarcal trabajen mano a mano para ayudar a que los ciudadanos mejicanos no emigren a los EUA. Pero como declaraba hace poco tiempo el alcalde de Tuxpan, Gilberto Coria, ese programa se había gastado 20.000 dólares en su ciudad… para izar una enorme bandera mejicana que ensalzase el patriotismo. Sin comentarios.
La respuesta del presidente Bush a este asunto ha sido inteligente y políticamente relevante. Para contentar al sector más conservador de su electorado (y a las correspondientes bases de su partido) Bush ha declarado que va a reforzar la frontera mejicana enviando ahí unos 10.000 soldados de la guardia nacional. Paralelamente, el presidente ha dado públicamente su apoyo a la propuesta de legalización parcial de trabajadores ideada por los senadores John McCain y Eduard Kennedy, en un esfuerzo bipartito de consenso que –en Europa- deberíamos imitar antes de ir tirándonos las culpas y evitando responsabilidades.
Esta iniciativa de legalizar a parte de los inmigrantes hispanos ilegales no es baladí; Bush llegó a ser presidente con un 40% del voto hispano. Una comunidad que, por ciento, representa el 13% de la población americana, pero de la cual solamente puede votar un 6%. Dado como están de apretadas las elecciones en Norteamérica últimamente, no es de extrañar que Bush quiera, legalizando a los hispanos, asegurarse un voto fiel de la misma manera que el partido republicano se ha asegurado el de los disidentes cubanos. Un tanto que muestra que nuestro presidente no es quizás un erudito, pero que –contra lo que piensan muchos- de tonto no tiene ni un pelito.
Sea como fuere, los hispanos –en EUA- se han dado cuenta de que son una fuerza de trabajo primordial, sin la que el país no podría funcionar. Y esa fuerza de trabajo, hoy en día, quiere también ser una fuerza política. El Plan Bush de inmigración prevé la expulsión de aquellos inmigrantes que hayan cometido algún delito, pero admitirá en programas temporales a un número enorme de éstos, permitiendo a los más antiguos poder-se quedar en el país, siempre que su contratación sea legal. Un plan con el que se puede o no estar de acuerdo, pero que –de momento- parece, para nuestra vergüenza, no tener lugar en la Europa progresista, cool y multicultural.

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