Saturday, October 14, 2006

Sobre paranoias, desinformación… y avionetas.

“Un accidente de avioneta mata a un pitcher de los Yankees en Manhattan.” Este titular del New York Times del pasado jueves sería, en un mundo ideal y lleno de flores silvestres, una simple nota al pie de página de la actualidad neoyorquina. Cory Lidle, un prescindible segundón del mejor equipo de béisbol del mundo, moría (junto a su malogrado instructor) al estrellarse su avioneta en los Belaire Apartments de la Calle 72. Los pilotos expertos (no era el caso) describen esa zona como un lugar bastante peliagudo, lleno de helicópteros de vigilancia y de avionetas que pasean a los turistas por el skyline de Manhattan; le llaman el carril sin control. Cuando me pierdo por ahí y miro a esos pájaros mecánicos, no puedo evitar sentir cierto pavor al notar (quizás por uno de esos malditos efectos ópticos que los físicos saben explicar) su peligrosa cercanía a los edificios de la ciudad. No puedo evitar, en definitiva, sentir cierto miedo…

“Lo único que le interesa es volar e irse al Casino. No tiene ninguna ética laboral.”; así describió un compañero de equipo –Arthur Rhodes- al amigo Lidle, cuando éste último rompió el código de honor de los jugadores y trabajó durante una huelga general en todo el país. Sea como sea (y obviando el hecho de que en Estados Unidos uno pilota una avioneta con la misma facilidad con la que compra un rifle) las diabluras del pitcher aviador nos han regalado un buen susto a los ciudadanos de este mundo no-ideal; un accidente que ha llevado una nota al pie de página a todos los noticiarios del mundo. El recuerdo del ataque al World Trade Center hace que cualquier partícula de humo neoyorquino superior al que sale de las maltrechas cañerías de la ciudad se convierta en una alerta roja que ponga en jaque la seguridad del planeta.

Desde Nueva York, una ciudad mucho menos histérica que lo que nos la pintan los tópicos, las cosas se ven de manera bastante diferente. Siempre recordaré un día en el que mi madre –a las ocho de la mañana, cuando servidor se duerme tras las conexiones matinales de rigor- me llamó asustada advirtiéndome (y sin darme a penas los buenos días) de que “Francino ha dicho que el metro de Nueva York estaba en alerta terrorista”. Una alerta de la que, dicho sea de paso, sin esa advertencia maternal (¡qué fidelidad radiofónica la de las madres, y que credibilidad en lo que dice Carles, afirmo!) y mi habitual interés profesional en la actualidad, me habría pasado totalmente desapercibida.

Les explico esta anécdota familiar porque creo que es útil reflexionar, aunque parezca tópico, sobre la psicosis que invadió a los medios tras el accidente de avioneta de Nueva York. Una psicosis que, en primer lugar, tiene orígenes mediáticos muy claros. Yo estoy harto de leer en la prensa española y europea –a raíz de las alertas en el metro de mi ciudad- como algunos periodistas hablan de las obsesivas medidas de seguridad que se promueven cuando hay un aviso de ese tipo. Miren; hace dos años que vivo en Nueva York y nunca, repito, nunca me han revisado mi bolsa o me han interrogado policías antes de entrar en el metro. Es cierto que cuando hay un aviso de bomba o la posibilidad de un ataque (curioso es que sea casi siempre antes de unas elecciones) hay patrullas de vigilancia en alguna estación de la ciudad; pero la mayoría de las veces los policías andan hablando con los vecinos o matando el tiempo con el jefe de estación.

No pretendo aquí quitarle importancia a un hecho serio como es la posibilidad real de un ataque terrorista. Simplemente, explico las cosas como las veo a diario. Por otro lado, siguiendo con la famosa avioneta, la prensa –tras el accidente- nos regaló con explicaciones del nerviosismo histérico que se vivió momentáneamente en la ciudad. Nuevamente, y sin tapujos; hay muchos ciudadanos de Nueva York que se enteraron del accidente con mucha posterioridad a habitantes de Pyongyang o Martorell (por poner dos localidades del mundo al azar) y que reaccionaron con absoluta calma ante esa noticia. Se crea, de esta manera, una alarma ficticia en el exterior que es mucho mayor que la que tiene la gente que vive los acontecimientos in situ.

¿Por qué estamos empeñados en seguir con esa tendencia apocalíptica en los medios? Se lo preguntaba recientemente Nicholas Lemann en el New Yorker de esta semana en un artículo bastante oportuno titulado El estilo paranoico; las teorías conspirativas devienen noticia. El escrito confirma una tendencia peligrosa en el periodismo norteamericano; “Existe un complejo ecosistema de reflexión sobre las fuerzas ocultas que mueven los asuntos mundiales. Gran parte de este fenómeno se origina en el exterior del periodismo convencional pero lo acaba contaminando a través de refutaciones o objeciones que no hacen sino que aflorar sus teorías ocultas.”

Lemann cita ejemplos muy claros de este nuevo comportamiento. Para muestra, la serie El camino hacia el 11-S, de la cadena ABC, un documental dramatizado que pretende mostrar como –en los años anteriores al ataque- la administración Clinton ignoraba el peligro real de Al Qaeda en lo que toca a la seguridad del país. Una ficción tendenciosa, cierto es, que ha provocado las iras del expresidente (recuerden su entrevista reciente con la Fox) y de muchos de los miembros de su administración. Conspiraciones ocultas que, nuevamente, salen a la palestra como reales.

El punto álgido de este movimiento se lo lleva Loose Change, un documental casero creado por Dylan Avery que se puede consultar por Internet y que ya han visto más de diez millones de personas. La tesis básica del film es clara; los ataques del 11-S fueron una escenificación muy bien resuelta. Los vuelos que chocaron en el Wolrd Trade Center, según su autor, no tenían pasajeros y no fueron la causa única del colapso de los edificios. El United 93 no se estrelló en Pennsylvania; fue dirigido a una base de la Nasa en donde se escondió. No hubo terroristas islámicos; todo fue, en definitiva, una conspiración orquestada para crear una excusa para la invasión en Irak.

Estos dos ejemplos pueden parecer una broma, pero no lo son tanto si pensamos que en los Estados Unidos un treinta por ciento de la población afirma creer que el gobierno tuvo algo que ver o encubrió el 11-S, un porcentaje que (estoy seguro) debe ser más alto en Europa. Por otro lado, esta tendencia ampliamente aceptada por la población certifica que cada vez creemos menos en lo que nos cuentan los políticos o los medios y más las explicaciones propias del boca/oreja. La cosa es deprimente; o nos abrazamos al alarmismo por desconocimiento o desinformación o nos lanzamos a la conspiración porque tememos el secretismo de los que nos deberían informar. Dos tendencias que, en cualquier lugar, nos alejan de los hechos para centrarnos en la paranoia y en la sospecha. ¿Existe una opción alternativa a estos dos extremos?


Friday, October 06, 2006

Sobre Rumsfeld, las comas... y el abuso sexual.

Irak ha tintado el discurso político norteamericano de un exasperante tono monocolor. Esta semana se ha confirmado el camino que nos llevará a las legislativas de noviembre; un sendero asfaltado únicamente con los problemas relativos a la seguridad nacional y la exportación de la democracia (liberal, claro está) a través del mundo mundial y, más en concreto, en un país como Irak, sumido –como ya dicen creer la mayoría de los ciudadanos de los Estados Unidos- en el umbral de una guerra civil, que no insurrección ni conflicto. Las palabras son importantes en política…

Lo dijo claramente Kofi Annan hace unos días; “Si los niveles de alienación y violencia persisten por mucho tiempo en Irak, existe un peligro enorme de ruptura de su estado, posiblemente en el contexto de una guerra civil en toda regla.” Cuando Wolf Blitzer, presentador de la Late Edition de CNN, disparó estas reflexiones onunianas al presidente Bush en una entrevista reciente, nuestro mandatario hizo uso de una metáfora en un terreno en el que no es demasiado experto; la gramática. “En Irak votaron 12 millones de personas el pasado diciembre. Parece que haya pasado una década… pero a mí me gusta decirle a la gente que, cuando la historia de Irak se escriba, esto será visto solamente como una coma.”

La metáfora parece desafortunada y nos es la primera vez que Bush la utiliza. Pero podríamos tomarla como verdadera para ver si flota un poquito. Cierto es que, muchas veces, asuntos que han llenado millones de páginas de actualidad, centrando el interés incansable de los periodistas más agudos o el sentir cotidiano de la gente, han acabado como meras notas a pie de página (o comas) en el mar de la historia libresca. Pero creo que, en este caso, la metáfora gramática no salva al presidente Bush, porque la historia ha juzgado a la práctica totalidad de los presidentes norteamericanos por la gestión de conflictos en el exterior. De momento, el recurso no cuela.

Cuando Bush niega las suposiciones de Annan, lo hace porque se fía –literalmente- de la “gente que pisa ese suelo.”, como le gusta afirmar a menudo. No miente; Bush siempre ha trabajado con una serie de leales obispos a través de los cuales estructura su mundo. En el terreno internacional, un espacio político que Bush nunca ha dominado en exceso (recuérdese su repelencia a viajar) esta fidelidad del ojo ajeno deviene mayor. Bush ha liderado al ejército en Irak; eso es indiscutible. Pero sus ojos en este país tienen nombre y apellidos; Donald Rumsfeld.

El papel de Rumsfeld en el desarrollo de la guerra de Irak ha salido de nuevo a la palestra por obra y gracia del libro State of Denial (On Bush and War III) del controvertido y admirado periodista Bob Woodward. La obra, publicada a partir de entrevistas con el propio presidente y miembros de su administración, ha removido los estómagos de la política norteamericana; su descripción de la gestión del conflicto de Irak, por decirlo de manera suave, no acaba de ser optimista. Y la cosa tiene miga, porque Woodword no era hasta ahora un periodista excesivamente crítico con la administración. Él mismo escribió en 2002 otro libro –Bush at War- que describía al presidente como un hombre resolutivo, firme y en el que debíamos confiar en términos de seguridad.

Pero esa firmeza, dice el periodista, se ha transformado en tozudez; en la terquedad de un presidente que le dijo “no retiraré las tropas de Irak incluso si Laura y Barnie (su perro) son los únicos que me apoyan”. Pero la peor parte del pastel, decía antes, se la lleva el Secretario de Defensa Rumsfeld, dibujado aquí como un irresponsable incapaz de liderar una campaña armada eficaz. Según nos cuenta Woodward, en un culebrón digno del atardecer siestil, después de las elecciones de 2004, Andrew H. Card Jr. (el Jefe de Gabinete de la Casa Blanca), intentó echar a Rumsfeld con el apoyo explícito de Laura Bush (y, suponemos, también del perrito Barnie), que creía que Rumsfeld estaba echando por la borda la reputación de su marido. Pero el todopoderoso Cheney, amigo del alma de Rumsfeld desde los tiempos del Watergate (y etcétera) impuso la continuidad del Secretario. El argumento, el de siempre; un cambio en la política de defensa favorecería los intereses del terror del mundo mundial.

Por otro lado, tenemos también figuras como George J. Tenet, antiguo director de la CIA, que siempre creyó que la guerra de Irak había sido un error pero que nunca tuvo los bemoles de coger el teléfono y decírselo a su presidente. Interesante retrato, es cierto; una administración con una relativa capacidad de análisis de las cosas, pero incapaz de comunicar ese análisis a su jefe. Un panorama que, claro está, esculpe a un presidente determinado a seguir una política ante el desconocimiento más profundo de la realidad exterior de la que debe dar cuenta. No sería, como pasa siempre, un problema de convicciones el de Bush (convicciones le sobran) sino de análisis. Como dicen los filósofos, los problemas siempre acostumbran a venir de errores analíticos que pueden convertirse en bolas de nieve…

La verdad es que al presidente no le sonríen los amaneceres. Irak a parte, el escándalo de la semana ha caído sobre un político republicano, Mark Foley, congresista que dedicó parte de su carrera a la lucha contra la explotación sexual infantil. Pues bien; al angelito Foley le han pescado enviando mensajes con un contenido sexual subidito de tono a los botones del congreso, algunos de los cuales son menores de edad. El asunto ha salpicado también a Denis Hastert, el portavoz de la cámara (también republicano) quien conocía estas misivas con anterioridad. Unas declaraciones de amor que parecían ser conocidas por muchos, aunque ignoradas, así como también era consabida la condición homosexual del señor Foley, que no solamente era homosexual –cosa estupenda- sino que era un homosexual que había votado en contra del matrimonio homosexual. Nuevamente, los cortocircuitos mentales llevan a bolas de nieve que se te acaban tragando, y a correr…